Introducción

15 09 2007

«Sé que lo que de noche escribo en estos cuadernos no es la verdad. O, al menos, no es toda la verdad, sino retazos, trozos de la vida aparente, de mi vida y la de los otros, que de pronto vuelven a narrarse. ¿Pero acaso la historia no es eso? Sólo un puñado de momentos lúcidos, iluminados, unas cuantas imágenes despedazadas. Lo importante sucede siempre en pocos segundos y todo lo demás es su proyección, cuando andamos a tientas, desperdiciándonos. Damos vueltas y vueltas y regresamos siempre al umbral, al mismo sitio, porque la vida no es la suma de años sino lo que realmente vivimos y el resto es puro pasar.»

(Héctor Tizón, La casa y el viento)





Isla Martín García

15 09 2007

Isla Martín García, 23 de mayo de 1999

He arribado en un container de jubilados.
Qué agudas las voces de las viejas.
Qué nada los viejos.

Isla Martín García, 24 de mayo a la mañana

Cementerio
Se oye la usina de la Isla.
Este cementerio (mientras escribo, el sol aparece entre las nubes plomizas, parpadea lento) fue fundado por el Gobernador de esta Isla, Capitán de Fragata Don Luis F. Casavega, sus pobladores agradecidos, julio 18 de 1899. Ya no hay sol.
Parece el único cementerio posible. Está muerto. Hay unas tumbas de esta década. ¿La primera del 1900? (No, 1899.) Nadie puede morirse acá. Ayer un carpintero campestre tomaba agua de la cima de una lápida, en la que hay una foto, como un gran camafeo. A su lado, veo la marca de otra imagen, que se perdió. Donde el carpintero bebía hay una cruz gris incrustada, torcida. Q.E.P.D. (Hoy ahí bebe un zorzal.)
Desarrollemos: hay dos luces: el sol parpadea.
Estornudo. Se oyen chimangos, cotorras, palomas. La usina. Una pareja de horneros a mis espaldas. Primera vez en el día en que el sol aparece entero. Ya no.
El terreno está ocupado por lápidas en dos o tres sectores, la mayor parte son árboles ordenados y pasto. Hay grupos de tumbas, muchas cruces. Ya no hay sol. Se oye clara la usina.

La contemplación de este cementerio no es nada.
Está quieto.
(Todos los cementerios lo están.)

Un chimango da un círculo en el aire. No lo veo.
Debajo de las tumbas, en el hornero,
no lo veo.

Estoy sentado en el monumento-cruz que fundó al cementerio. Julio 18.

(¿Cómo entrerozar mi juego de inscripciones con el pasto, el cementerio?)
(¿Cómo que siga siendo juego?)
Hay inscripciones (incisiones) en las lápidas. Hay en mi cuaderno. Debajo de las tumbas,
no lo creo / no lo veo

——————————————————————————————-

Leo muerte Cementerio, La Ilíada (leo)
o
leo basuras, o restos, o
mejor no sé, leo
pero en fin,
leo muertos.

Isla Martín García, 24 de mayo a la tarde

Un camino que no está en el mapa.
Esos caminos de dos surcos (o, si se prefiere, de un bulevar de pasto) de camioneta Ford. Lo tomé. Llevaba al basural de la Isla. Montones de gatos salían por todas partes. Algunos hilos de humo entre la basura. Montones de zorzales salían por todas partes. Al fondo, se veía apenas, por entre los arbustos, brillante, el río. A la izquierda, una senda. La seguí. Llevaba a una lagunita seca, verde. Llevaba también al río. Pero no, esos eran los juncales, la laguna encerrada por juncos. No era el río. Volví.
Del basural seguían saliendo gatos. Volví.
Los pájaros más fáciles de observar eran los zorzales. Los demás cantaban ocultos.
Demasiados zorzales ya.
Llegué al camino principal. Volví.
Ahora seis, siete zorzales. Mil cotorras chillando.
Nada más.

Pliegues o Lección de historia
Están preparando la zona urbana para los festejos del 25 de mayo. Banderitas de plástico, alternadas, de la provincia y de la nación. Una Ford Falcon Ranchera con dos banderas argentinas incrustadas sobre cada farol trasero aguarda, vacía y celeste, frente a la plaza, inclinada por la curva de la calle que cae hacia la vereda de una construcción colonial.

Isla Martín García, 25 de mayo a la tarde

El hombre que trabaja en el camping, Mario -acompañado por Héctor- estaba ahí cuando me iba. Me preguntó qué me llevaba de lo que había visto en la Isla. Conversamos.
Dejé la mochila en el piso y me senté en un banco. Lamenté un poco que esta familiaridad apareciese media hora antes de volver. La lancha ya estaba esperando. Mario dijo ser también de la zona sur. De Lanús. Yo, de José Mármol, le dije. En José Mármol, me contó, alrededor del ´50, él descargaba trenes -también en Guernica-, de contrabando, para evitar la confiscación en la Estación Buenos Aires. Papas o carbón. Habló de Monte Grande, de cuando era una alternativa para los tuberculosos que no podían pagarse una estadía en las sierras de Córdoba. Monte Grande parece que está como 25 metros más alto que Lanús. Comentó también que venían «con el viento», desde Carmelo, desde Uruguay, unos pájaros amarillos que se quedaban muy poco tiempo y nadie sabía nada de ellos. Contó además acerca del ruido de los pájaros carpintero -a Héctor uno no lo dejó dormir-, como si fueran hombres martillando. (Anteayer descubrí uno en el cementerio. Oí un repiqueteo seco, de inmediato alcé la vista y lo vi encaramado a una rama altísima: era un bataraz chico, de esos con plumaje estriado blanquinegro y nuca roja.)
Por último, dijo que hace mucho («años») que no ve ningún ciervo y que supuestamente, de haber, andan por la zona de la Reserva Estricta. Pero ayer YO VI UNO pasando delante del portón del cementerio. Así como apareció por la derecha, desapareció por la izquierda. No tenía cuernos y era gris. Trotaba.

Río de la Plata, 25 de mayo a la tarde

Una bandada de gaviotas cocineras volando hacia el este, y seis o siete caranchos en un islote, alrededor de un cadáver de oveja o de perro.





Apunte

15 09 2007

Una vez, en diciembre de 1999, me hice el poeta anotando en mi diario de viaje algunos carteles que veía en la ruta. Escribí: «Todas las cosas que leo y que nunca releeré. Carteles. Silos. Lonas. Cresta Roja. Motel.» Pasaba por Chivilcoy, yendo hacia Trenque Lauquen. Un mes después, en enero del 2000, cuando volví a viajar a Trenque Lauquen vi (y releí) aquellos carteles. Los recordé justamente porque los había anotado. Me sentí un imbécil, lo cual al poco tiempo me alegró.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2004





Leitmotiv

15 09 2007

En otro papel que ahora está perdido (porque estaba en un cuaderno que presté y creo no me devolverán) había escrito algo sobre los leitmotiv diarios -o a veces de varios días seguidos- / hace unos pocos días, el motivo fue la sangre: al mediodía saqué de la alacena un colador de aluminio que tenía, explotado, un manchón pringoso bordó oscuro; lo primero que entendí fue «sangre», pero como no tenía sentido, en menos de un segundo comprendí que se trataba de un frasco de dulce de ciruelas volcado al fondo de la alacena -pero la mancha viscosa me quedó grabada, retenida-. A la tarde, comí un poco de ese dulce, lo que me recordó la mancha y la «sangre». A la noche, en una vereda de la calle Moreno había una mancha de sangre, espesa y concretamente roja, más allá otro poco, raspado, como por una mano o un pie que tocó la mancha madre y luego friccionó más allá las baldosas, el cordón / ahora, en estos días, el leitmotiv ha sido Edgardo Antonio Vigo, el “artista” ése de quién aún no he visto nada pero por todos lados se me apareció: en publicaciones, en conversaciones, no importa -hoy leí una variación: «Jean Vigo» decía en un periódico- / otro día
había sido la violación: tres casos en un día (llamo «casos» a los hechos u objetos que construyen el motivo recurrente) / otros días fue el exilio: a España, sobre todo -pero éste sobrevuela como un leitmotiv general: no hay semana en la que alguien no me diga «tal viene de visita de España, está trabajando allá; aquel se va; ése se fue; hoy tengo una despedida a una amiga que»; así como también «yo soy descendiente de italianos / de españoles / de franceses / de alemanes» y las colas en las embajadas y los trámites; y todos relativizando, debido a su repentina incoveniencia, el sentimiento de nacionalidad (¿y por qué se van? ¿y a qué se van?); y recién por estos días aparece para mí en forma directa alguien que se va, Pablo, un amigo; hace años que lo vengo escuchando de rebote, constante pero ajeno, como si fuera algo de otra clase social («a Barcelona, claro»)
el EXILIO /
la muerte, otro leitmotiv /
y después está la cosa de hablar de poesía o política y literatura. Es tedioso cuando uno se instala en un pensamiento, acabo de notarlo. Hoy, por ejemplo, me cansé de mí mismo escuchándome hablar -fue un instante muy preciso que me abatió-: sostuve las mismas ideas (las mismas palabras) en cuatro diálogos diferentes, con cuatro interlocutores diferentes / no es que diga sería mejor cambiar de discurso, como si lo que uno piensa y sostiene fuera un traje oscuro y pesado que cada tanto hay que poner a orear -o cambiarlo por uno más actual-, sino sólo que me sentí estancado; crecí en mi pensamiento recién hoy, tarde, cuando me desligué de la maraña de pensamientos/acciones que corresponden para moverse en la «vida cultural», al intentar sumergirme en esto que está corriendo ahora por mi familia: la muerte próxima de una hermana de mi abuela (Tía Poli). Hablamos con ella (con mi abuela): tiene miedo. (Me conmueven más que nadie en el mundo mis abuelas indefensas: sin esa inteligencia de consultorio y sistema educativo nacional que tenemos las generaciones posteriores, esa conciencia mentirosamente «fuerte».)
y otro leitmotiv: el 17 de mayo mi padre cumplió 56, lo festejó el sábado 18 y el martes siguiente murió / el (sábado) 17 de agosto la tía Poli cumplió 81 y el martes siguiente la internaron (dicen que es terminal, aún hay que ver: «mañana sabremos»)
El leitmotiv, por si no se entiende -sé que es un poco forzado- , es: 17-cumpleaños-muerte-martes (y el 17 es “la desgracia” en la quiniela)
entonces ya tenemos: (hagamos el inventario)
el EXILIO
la MUERTE
y el otro leitmotiv, por supuesto: «crisis social». No conozco otro país -otro mundo- más que uno en estado perpetuamente crítico.
El leitmotiv: la repetición, método elemental para el pensamiento. Lo parecido pero diferente que se repite igual aunque distinto. El leitmotiv de un día: ¿lo construyo para escribirlo?

Buenos Aires, madrugada del 26 de agosto de 2002

Encontré una hoja en la que escribí, el 27 de abril de 2002:
«Tomar un eje. Por ejemplo: la violación sexual. Ayer, caigo en la cuenta y me sorprende, un eje posible -arbitrario-, la violación.» Ahí empezó el leitmotiv.
Y sigo leyendo: «Primero, a eso de las 17, vi una película de un ruso», se llamaba, recuerdo ahora “Un lugar en el mundo”, y el director era Aristakjan ; «en la película», anoté, «un chino joven y exilado era abordado, violado, por una mujer rusa en medio de una habitación en ruinas, atestada de cripples-hippies. Más adelante, el chino se obsesiona con ella. A eso de las 21, antes de comenzar con la función de la obra de teatro en el Parque Avellaneda» (por esos días estaba actuando en ese Parque) «la Turca, Facundo y Tati se reían a los gritos cerca nuestro. Nosotros, vestidos de monjes, en ronda, hacíamos chistes sobre la violación de la Justicia (que era el personaje, en zancos, de la Turca). Y después, en el bar, a las 2 de la mañana, Ariel se preguntaba sobre cómo cómo cómo un violador, etc. Si puede coger normal o no. Algunas anécdotas entonces, como la de la piba del cajero automático, el paseo por la calle y el intento de violación por un tipo impotente tras unos arbustos a las siete de la tarde en el barrio de Belgrano.»
«Y lo último.», escribí, «En algún momento incierto de la mañana de hoy, un sueño con tres chicas chicas (¿quince, dieciséis años?) que se me acercan, me tironean, me dicen cosas que no recuerdo. Una violación suave. Y la sensación de no saber si sí o si no.»
Un leitmotiv.

Buenos Aires, 17 de febrero de 2003

Hoy, en unas 12 horas, se irá Pablo a España. A Barcelona, en realidad. Recién estábamos en el bar, todos. Algunos estábamos violentos.
A las 9.30 nos encontraremos en lo de Ariel para ir a buscar a Pablo y luego, a Ezeiza. Todo esto es una mierda. Pablo no sabe qué hacer. Ninguno de nosotros sabe qué hacer.

Buenos Aires, madrugada del 8 de octubre de 2002

Ya se fue.
El Aeropuerto de Ezeiza es un lugar lleno de gente horrenda. Todos aquellos tipos vestidos con camisas rosadas, remeras Lacoste y demás. Ariel estaba vestido como ellos. Era, de algún extraño modo, gracioso, porque él detesta a esa población. Toda esa clase de gente que circula por la vida rodeada de empleados («señor, ¿le llevo el carrito?») por ámbitos asépticos como el nuevo aeropuerto/

¡Ya no hay cemento! A las construcciones que en nuestra imaginación forman parte de “lo público”, no se les ve cemento. Ni piedra. Todo metal, vidrio, plástico. Podrían no estar, fueron levantadas anteayer.
La parte vieja del aeropuerto, en cambio, son bloques enormes de concreto o no sé qué material monumental, edificios que parecen gritar ¡obra pública! ¡plan quinquenal! O algo en mayor o menor medida “político” (en ese sentido amplio y vago que aprendimos). El “Aeropuerto Argentina 2000”, no. Está hecho para los treinta y tres ciudadanos del mundo que se funden en el glamour medio border de Penélope Cruz asomándose tras un frasco de perfume. (Y detrás, los empleados.)

/vi llorar a Ariel. Y a Pablo. Al Bota. Y a Mariano. (Éramos cinco.) La palabra es así de grande: EXILIO. Y para colmo, un exilio soso. Ni siquiera el exilio épico que mamamos desde nuestra cuna argentina. (¿Hace falta explicarlo? Los exiliados políticos desde 1811 hasta 1982. ÉSE leitmotiv.) Ahora es todo como más liviano, y por eso mismo angustia por el vacío que no llena. Plena huída sin ser “echado”. No viene al caso la comparación en términos de mejor o peor, ni de riesgos. No viene al caso la comparación, directamente. Es nada más que eso: un exilio hacia la nada, desde la nada. (¿A qué se va? ¿Por qué se va? Una hipótesis sociológica no me interesa ni me alcanza en este momento.)
Ahora debe estar sobre el Atlántico, o Uruguay o Brasil. (Hace escala en San Pablo, luego en Lisboa y después, Barcelona.) En realidad, no sé adónde debe estar ahora.
Todos vamos a escribir cartas. ¡Resurreción de un género!
(Y mientras tanto pienso: todo esto es una mierda -lo que escribo, lo que hay, lo -, to )

Buenos Aires, 8 de octubre de 2002

Cuando regresamos de Ezeiza invité al Bota a almorzar. Ninguno de los dos quería quedarse solo. Hablamos todo el tiempo. Ya de noche, llamé a Ariel. Me contó que estuvo todo el día con la cabeza ocluída, estallada, como yo. Extrañadísimos todos y sin siquiera entenderlo. ¿Qué estaba pasando?

Buenos Aires, 9 de octubre de 2002





Sueño de una chica

15 09 2007

Hoy una chica que conozco apenas de vista me dijo: «soñé con vos el otro día, fue horrible». Y luego explicó: «estaba en una terraza con todos mis mejores amigos y estabas vos, que no te conozco y yo no entendía por qué estabas, y de repente todos se cayeron y vos dijiste “uy, se cayeron” y después te caíste vos; estuve llamando a todos todo el día para ver si estaban bien, y ahora veo que estás bien vos, por lo menos decime tu nombre».

Buenos Aires, 22 de julio de 2003





Generación

15 09 2007

¿Hay un algo generacional? ¿Venimos a contar la nada, la playa, la pampa seca que parece este país hoy, 2002? Esta generación en la que estamos (delimitemos: hijos de los 70 supuestamente “cultos” de Buenos Aires) tiene su propia road movie y transcurre siempre en alguna playa de la Provincia de Buenos Aires. Costa Atlántica. Es una road movie quieta. Ahí, en el sopor de no hacer nada, de nada para/por hacer, de las vacaciones de enero, las playas parecen ser nuestro nuevo “desierto”; puede ser casi gracioso: las playas atlánticas funcionan como antes funcionaba para los del demasiado real siglo XX, y aún más para los del archi-mítico siglo XIX, la pampa. Cada siglo con su propia Tierra Prometida, su desierto para atravesar, poblar o recluírse.
Nuestro (paraíso) desierto: la vacación.

O como ayer (hoy) a la madrugada:
Los estertores de una reunión-cena de fin de año con ocho compañeros más un profesor. Estábamos en Plaza España -abierto las 24 horas- que está sobre Avenida de Mayo. A las doce y algo éramos cuatro estudiantes y el profesor:
Por momentos la situación era extraña, graciosa, decadente, horrible. Sobre todo después del décimo Vasco Viejo (había pasado antes un jerez de la casa). La conversación alternaba entre lo “soez” y lo “sublime” a cada minuto; es decir, un subibaja compuesto de guasca y frases sobre la creación y la vida en general. César, que estaba sentado al lado mío en la mesa redonda, se sacaba y se ponía los anteojos verdes cana-1982 (un rato se puso los negros de surfer del gordo), y me pedía que lo ayudara porque le temía al profesor.
Desde temprano, el gordo y Sebastián iban al baño de a uno a pitar un porro. Después ya pitaban en la mesa tapándose la boca y la tuca con las manos, como si estuvieran usando un escarbadientes. Ya a eso de las dos, creo, se pusieron a hablar en francés durante un rato. Sebastián se quedó colgado parodiando el acento y los gestos con su gran bocaza. Después el gordo tocó Adiós Nonino con su armónica y lo hizo callar una moza a pedido del encargado. Entonces ellos le pidieron que viniera el encargado, y el pobre vino (no sé si escuchó o no: todos decían «se parece a Faivel»). El armoniquista le preguntó el nombre a la moza -Gabriela- y le dedicó un tema. Salimos de ahí. El último en salir fue César que tardó mucho en el baño.
Caminamos un rato por Avenida de Mayo, nos detuvimos, pité un poco para soportarlos (era el único sobrio) y me reí unos momentos hasta que el profesor dejó de molestar a César para empezar a desubicarse conmigo («si sentís algo duro, relajate y disfrutá»). Fue todo bastante lamentable y divertido.
Pero esto está acá sólo para poder ambientar una frase del gordo; una frase que dijo cuando ya estábamos afuera, a las tres de la mañana, en Avenida de Mayo. No sé de qué hablaba con el profesor, iban juntos adelante. Le escuché decir: «es que nosotros nacimos con el campo muy libre, pero no sabemos para qué».
Me puso mal la revelación tan vieja y sabida. Volví a pensar en las playas y las vacaciones y la juventud supuestamente sosa por la que vamos. No puedo decir, ahora, más que eso: las playas de Miramar, Necochea, Monte Hermoso, Villa Gesell (jamás la citadina Mar del Plata, vale aclarar, a menos que sea invierno y la ciudad esté vacía de turistas).
La idea es: todo extenso, arena sucia y viento. El sol apenas importa en este asunto.
Nuestro sol es frío.

[Pienso en hacer una lista de escritores en los que rastrear aquello que intuyo generacional (la aparición reiterada del espacio vacacional o de ocio, ese aparente leitmotiv): algo de Marcelo Eckhardt, Romina Freschi, Gabriela Bejerman y sus prole boba, otros mil... Y también me nutro del “Nuevo-cine-argentino-joven-independiente”]

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2002

El ocio es una clave, pienso ahora (¿clave de clase, también?). Los nombres de algunas publicaciones literarias me aceleran el pensamiento: Nunca nunca quisiera irme a casa (y tener que irme de la disco o terminar las vacaciones), Te usamos la pileta (relación obvia), Plebella (inefable), Belleza y felicidad (…), Pisar el césped (rebeldía ingenua, como ellos mismos dicen: “transgredir la norma” en una plaza de Barrio Norte).
¿Y qué es todo este sopor, este transcurrir soso en una playa atlántica, melancólicos? Supongo que miedo. ¿A qué? Haríamos bien en preguntarnos eso.

(Apunto ahora: la melancolía es la forma sofocada del dolor, su límite tolerable; la hendija por la que apenas se cuela la -nuestra- tristeza desgarradora necesita ser abierta ya.)

Córdoba, 8 de octubre de 2004





Sueño de Mauricio

15 09 2007

Anoche, en la cena, Mauricio contó un sueño. Cuando él estaba en cuarto grado, tenía una novia que se llamaba Karina Andrea Caligari. Y una noche soñó con ella: unos duendes-enanos se la llevaban de su lado tras una pelea muy dura. Los duendes le decían que la habían enterrado viva y que, para identificarla, habían puesto una tapita de crema de enjuague sobre la tierra que la cubría. Entonces Mauricio subía una colina en su búsqueda y del otro lado se topaba con un extensísimo campo cubierto de tapitas de crema de enjuague; pero como él conocía -no sabía cómo, pero lo conocía- el aroma del pelo de Karina Andrea Caligari, se ponía a oler todas y cada una de las tapitas-lápidas y encontraba la correspondiente a la tumba de su novia. Y cuando comenzaba a desenterrarla, y mientras oía los llamados de Karina Andrea Caligari desde bajo la tierra, sus primos lo despertaron.
«Y no pude desenterrarla», dijo.

Buenos Aires, 13 de julio de 2004








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