En otro papel que ahora está perdido (porque estaba en un cuaderno que presté y creo no me devolverán) había escrito algo sobre los leitmotiv diarios -o a veces de varios días seguidos- / hace unos pocos días, el motivo fue la sangre: al mediodía saqué de la alacena un colador de aluminio que tenía, explotado, un manchón pringoso bordó oscuro; lo primero que entendí fue «sangre», pero como no tenía sentido, en menos de un segundo comprendí que se trataba de un frasco de dulce de ciruelas volcado al fondo de la alacena -pero la mancha viscosa me quedó grabada, retenida-. A la tarde, comí un poco de ese dulce, lo que me recordó la mancha y la «sangre». A la noche, en una vereda de la calle Moreno había una mancha de sangre, espesa y concretamente roja, más allá otro poco, raspado, como por una mano o un pie que tocó la mancha madre y luego friccionó más allá las baldosas, el cordón / ahora, en estos días, el leitmotiv ha sido Edgardo Antonio Vigo, el “artista” ése de quién aún no he visto nada pero por todos lados se me apareció: en publicaciones, en conversaciones, no importa -hoy leí una variación: «Jean Vigo» decía en un periódico- / otro día
había sido la violación: tres casos en un día (llamo «casos» a los hechos u objetos que construyen el motivo recurrente) / otros días fue el exilio: a España, sobre todo -pero éste sobrevuela como un leitmotiv general: no hay semana en la que alguien no me diga «tal viene de visita de España, está trabajando allá; aquel se va; ése se fue; hoy tengo una despedida a una amiga que»; así como también «yo soy descendiente de italianos / de españoles / de franceses / de alemanes» y las colas en las embajadas y los trámites; y todos relativizando, debido a su repentina incoveniencia, el sentimiento de nacionalidad (¿y por qué se van? ¿y a qué se van?); y recién por estos días aparece para mí en forma directa alguien que se va, Pablo, un amigo; hace años que lo vengo escuchando de rebote, constante pero ajeno, como si fuera algo de otra clase social («a Barcelona, claro»)
el EXILIO /
la muerte, otro leitmotiv /
y después está la cosa de hablar de poesía o política y literatura. Es tedioso cuando uno se instala en un pensamiento, acabo de notarlo. Hoy, por ejemplo, me cansé de mí mismo escuchándome hablar -fue un instante muy preciso que me abatió-: sostuve las mismas ideas (las mismas palabras) en cuatro diálogos diferentes, con cuatro interlocutores diferentes / no es que diga sería mejor cambiar de discurso, como si lo que uno piensa y sostiene fuera un traje oscuro y pesado que cada tanto hay que poner a orear -o cambiarlo por uno más actual-, sino sólo que me sentí estancado; crecí en mi pensamiento recién hoy, tarde, cuando me desligué de la maraña de pensamientos/acciones que corresponden para moverse en la «vida cultural», al intentar sumergirme en esto que está corriendo ahora por mi familia: la muerte próxima de una hermana de mi abuela (Tía Poli). Hablamos con ella (con mi abuela): tiene miedo. (Me conmueven más que nadie en el mundo mis abuelas indefensas: sin esa inteligencia de consultorio y sistema educativo nacional que tenemos las generaciones posteriores, esa conciencia mentirosamente «fuerte».)
y otro leitmotiv: el 17 de mayo mi padre cumplió 56, lo festejó el sábado 18 y el martes siguiente murió / el (sábado) 17 de agosto la tía Poli cumplió 81 y el martes siguiente la internaron (dicen que es terminal, aún hay que ver: «mañana sabremos»)
El leitmotiv, por si no se entiende -sé que es un poco forzado- , es: 17-cumpleaños-muerte-martes (y el 17 es “la desgracia” en la quiniela)
entonces ya tenemos: (hagamos el inventario)
el EXILIO
la MUERTE
y el otro leitmotiv, por supuesto: «crisis social». No conozco otro país -otro mundo- más que uno en estado perpetuamente crítico.
El leitmotiv: la repetición, método elemental para el pensamiento. Lo parecido pero diferente que se repite igual aunque distinto. El leitmotiv de un día: ¿lo construyo para escribirlo?
Buenos Aires, madrugada del 26 de agosto de 2002
Encontré una hoja en la que escribí, el 27 de abril de 2002:
«Tomar un eje. Por ejemplo: la violación sexual. Ayer, caigo en la cuenta y me sorprende, un eje posible -arbitrario-, la violación.» Ahí empezó el leitmotiv.
Y sigo leyendo: «Primero, a eso de las 17, vi una película de un ruso», se llamaba, recuerdo ahora “Un lugar en el mundo”, y el director era Aristakjan ; «en la película», anoté, «un chino joven y exilado era abordado, violado, por una mujer rusa en medio de una habitación en ruinas, atestada de cripples-hippies. Más adelante, el chino se obsesiona con ella. A eso de las 21, antes de comenzar con la función de la obra de teatro en el Parque Avellaneda» (por esos días estaba actuando en ese Parque) «la Turca, Facundo y Tati se reían a los gritos cerca nuestro. Nosotros, vestidos de monjes, en ronda, hacíamos chistes sobre la violación de la Justicia (que era el personaje, en zancos, de la Turca). Y después, en el bar, a las 2 de la mañana, Ariel se preguntaba sobre cómo cómo cómo un violador, etc. Si puede coger normal o no. Algunas anécdotas entonces, como la de la piba del cajero automático, el paseo por la calle y el intento de violación por un tipo impotente tras unos arbustos a las siete de la tarde en el barrio de Belgrano.»
«Y lo último.», escribí, «En algún momento incierto de la mañana de hoy, un sueño con tres chicas chicas (¿quince, dieciséis años?) que se me acercan, me tironean, me dicen cosas que no recuerdo. Una violación suave. Y la sensación de no saber si sí o si no.»
Un leitmotiv.
Buenos Aires, 17 de febrero de 2003
Hoy, en unas 12 horas, se irá Pablo a España. A Barcelona, en realidad. Recién estábamos en el bar, todos. Algunos estábamos violentos.
A las 9.30 nos encontraremos en lo de Ariel para ir a buscar a Pablo y luego, a Ezeiza. Todo esto es una mierda. Pablo no sabe qué hacer. Ninguno de nosotros sabe qué hacer.
Buenos Aires, madrugada del 8 de octubre de 2002
Ya se fue.
El Aeropuerto de Ezeiza es un lugar lleno de gente horrenda. Todos aquellos tipos vestidos con camisas rosadas, remeras Lacoste y demás. Ariel estaba vestido como ellos. Era, de algún extraño modo, gracioso, porque él detesta a esa población. Toda esa clase de gente que circula por la vida rodeada de empleados («señor, ¿le llevo el carrito?») por ámbitos asépticos como el nuevo aeropuerto/
¡Ya no hay cemento! A las construcciones que en nuestra imaginación forman parte de “lo público”, no se les ve cemento. Ni piedra. Todo metal, vidrio, plástico. Podrían no estar, fueron levantadas anteayer.
La parte vieja del aeropuerto, en cambio, son bloques enormes de concreto o no sé qué material monumental, edificios que parecen gritar ¡obra pública! ¡plan quinquenal! O algo en mayor o menor medida “político” (en ese sentido amplio y vago que aprendimos). El “Aeropuerto Argentina 2000”, no. Está hecho para los treinta y tres ciudadanos del mundo que se funden en el glamour medio border de Penélope Cruz asomándose tras un frasco de perfume. (Y detrás, los empleados.)
/vi llorar a Ariel. Y a Pablo. Al Bota. Y a Mariano. (Éramos cinco.) La palabra es así de grande: EXILIO. Y para colmo, un exilio soso. Ni siquiera el exilio épico que mamamos desde nuestra cuna argentina. (¿Hace falta explicarlo? Los exiliados políticos desde 1811 hasta 1982. ÉSE leitmotiv.) Ahora es todo como más liviano, y por eso mismo angustia por el vacío que no llena. Plena huída sin ser “echado”. No viene al caso la comparación en términos de mejor o peor, ni de riesgos. No viene al caso la comparación, directamente. Es nada más que eso: un exilio hacia la nada, desde la nada. (¿A qué se va? ¿Por qué se va? Una hipótesis sociológica no me interesa ni me alcanza en este momento.)
Ahora debe estar sobre el Atlántico, o Uruguay o Brasil. (Hace escala en San Pablo, luego en Lisboa y después, Barcelona.) En realidad, no sé adónde debe estar ahora.
Todos vamos a escribir cartas. ¡Resurreción de un género!
(Y mientras tanto pienso: todo esto es una mierda -lo que escribo, lo que hay, lo -, to )
Buenos Aires, 8 de octubre de 2002
Cuando regresamos de Ezeiza invité al Bota a almorzar. Ninguno de los dos quería quedarse solo. Hablamos todo el tiempo. Ya de noche, llamé a Ariel. Me contó que estuvo todo el día con la cabeza ocluída, estallada, como yo. Extrañadísimos todos y sin siquiera entenderlo. ¿Qué estaba pasando?
Buenos Aires, 9 de octubre de 2002