Introducción

15 09 2007

«Sé que lo que de noche escribo en estos cuadernos no es la verdad. O, al menos, no es toda la verdad, sino retazos, trozos de la vida aparente, de mi vida y la de los otros, que de pronto vuelven a narrarse. ¿Pero acaso la historia no es eso? Sólo un puñado de momentos lúcidos, iluminados, unas cuantas imágenes despedazadas. Lo importante sucede siempre en pocos segundos y todo lo demás es su proyección, cuando andamos a tientas, desperdiciándonos. Damos vueltas y vueltas y regresamos siempre al umbral, al mismo sitio, porque la vida no es la suma de años sino lo que realmente vivimos y el resto es puro pasar.»

(Héctor Tizón, La casa y el viento)





Isla Martín García

15 09 2007

Isla Martín García, 23 de mayo de 1999

He arribado en un container de jubilados.
Qué agudas las voces de las viejas.
Qué nada los viejos.

Isla Martín García, 24 de mayo a la mañana

Cementerio
Se oye la usina de la Isla.
Este cementerio (mientras escribo, el sol aparece entre las nubes plomizas, parpadea lento) fue fundado por el Gobernador de esta Isla, Capitán de Fragata Don Luis F. Casavega, sus pobladores agradecidos, julio 18 de 1899. Ya no hay sol.
Parece el único cementerio posible. Está muerto. Hay unas tumbas de esta década. ¿La primera del 1900? (No, 1899.) Nadie puede morirse acá. Ayer un carpintero campestre tomaba agua de la cima de una lápida, en la que hay una foto, como un gran camafeo. A su lado, veo la marca de otra imagen, que se perdió. Donde el carpintero bebía hay una cruz gris incrustada, torcida. Q.E.P.D. (Hoy ahí bebe un zorzal.)
Desarrollemos: hay dos luces: el sol parpadea.
Estornudo. Se oyen chimangos, cotorras, palomas. La usina. Una pareja de horneros a mis espaldas. Primera vez en el día en que el sol aparece entero. Ya no.
El terreno está ocupado por lápidas en dos o tres sectores, la mayor parte son árboles ordenados y pasto. Hay grupos de tumbas, muchas cruces. Ya no hay sol. Se oye clara la usina.

La contemplación de este cementerio no es nada.
Está quieto.
(Todos los cementerios lo están.)

Un chimango da un círculo en el aire. No lo veo.
Debajo de las tumbas, en el hornero,
no lo veo.

Estoy sentado en el monumento-cruz que fundó al cementerio. Julio 18.

(¿Cómo entrerozar mi juego de inscripciones con el pasto, el cementerio?)
(¿Cómo que siga siendo juego?)
Hay inscripciones (incisiones) en las lápidas. Hay en mi cuaderno. Debajo de las tumbas,
no lo creo / no lo veo

——————————————————————————————-

Leo muerte Cementerio, La Ilíada (leo)
o
leo basuras, o restos, o
mejor no sé, leo
pero en fin,
leo muertos.

Isla Martín García, 24 de mayo a la tarde

Un camino que no está en el mapa.
Esos caminos de dos surcos (o, si se prefiere, de un bulevar de pasto) de camioneta Ford. Lo tomé. Llevaba al basural de la Isla. Montones de gatos salían por todas partes. Algunos hilos de humo entre la basura. Montones de zorzales salían por todas partes. Al fondo, se veía apenas, por entre los arbustos, brillante, el río. A la izquierda, una senda. La seguí. Llevaba a una lagunita seca, verde. Llevaba también al río. Pero no, esos eran los juncales, la laguna encerrada por juncos. No era el río. Volví.
Del basural seguían saliendo gatos. Volví.
Los pájaros más fáciles de observar eran los zorzales. Los demás cantaban ocultos.
Demasiados zorzales ya.
Llegué al camino principal. Volví.
Ahora seis, siete zorzales. Mil cotorras chillando.
Nada más.

Pliegues o Lección de historia
Están preparando la zona urbana para los festejos del 25 de mayo. Banderitas de plástico, alternadas, de la provincia y de la nación. Una Ford Falcon Ranchera con dos banderas argentinas incrustadas sobre cada farol trasero aguarda, vacía y celeste, frente a la plaza, inclinada por la curva de la calle que cae hacia la vereda de una construcción colonial.

Isla Martín García, 25 de mayo a la tarde

El hombre que trabaja en el camping, Mario -acompañado por Héctor- estaba ahí cuando me iba. Me preguntó qué me llevaba de lo que había visto en la Isla. Conversamos.
Dejé la mochila en el piso y me senté en un banco. Lamenté un poco que esta familiaridad apareciese media hora antes de volver. La lancha ya estaba esperando. Mario dijo ser también de la zona sur. De Lanús. Yo, de José Mármol, le dije. En José Mármol, me contó, alrededor del ´50, él descargaba trenes -también en Guernica-, de contrabando, para evitar la confiscación en la Estación Buenos Aires. Papas o carbón. Habló de Monte Grande, de cuando era una alternativa para los tuberculosos que no podían pagarse una estadía en las sierras de Córdoba. Monte Grande parece que está como 25 metros más alto que Lanús. Comentó también que venían «con el viento», desde Carmelo, desde Uruguay, unos pájaros amarillos que se quedaban muy poco tiempo y nadie sabía nada de ellos. Contó además acerca del ruido de los pájaros carpintero -a Héctor uno no lo dejó dormir-, como si fueran hombres martillando. (Anteayer descubrí uno en el cementerio. Oí un repiqueteo seco, de inmediato alcé la vista y lo vi encaramado a una rama altísima: era un bataraz chico, de esos con plumaje estriado blanquinegro y nuca roja.)
Por último, dijo que hace mucho («años») que no ve ningún ciervo y que supuestamente, de haber, andan por la zona de la Reserva Estricta. Pero ayer YO VI UNO pasando delante del portón del cementerio. Así como apareció por la derecha, desapareció por la izquierda. No tenía cuernos y era gris. Trotaba.

Río de la Plata, 25 de mayo a la tarde

Una bandada de gaviotas cocineras volando hacia el este, y seis o siete caranchos en un islote, alrededor de un cadáver de oveja o de perro.





Apunte

15 09 2007

Una vez, en diciembre de 1999, me hice el poeta anotando en mi diario de viaje algunos carteles que veía en la ruta. Escribí: «Todas las cosas que leo y que nunca releeré. Carteles. Silos. Lonas. Cresta Roja. Motel.» Pasaba por Chivilcoy, yendo hacia Trenque Lauquen. Un mes después, en enero del 2000, cuando volví a viajar a Trenque Lauquen vi (y releí) aquellos carteles. Los recordé justamente porque los había anotado. Me sentí un imbécil, lo cual al poco tiempo me alegró.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2004





Leitmotiv

15 09 2007

En otro papel que ahora está perdido (porque estaba en un cuaderno que presté y creo no me devolverán) había escrito algo sobre los leitmotiv diarios -o a veces de varios días seguidos- / hace unos pocos días, el motivo fue la sangre: al mediodía saqué de la alacena un colador de aluminio que tenía, explotado, un manchón pringoso bordó oscuro; lo primero que entendí fue «sangre», pero como no tenía sentido, en menos de un segundo comprendí que se trataba de un frasco de dulce de ciruelas volcado al fondo de la alacena -pero la mancha viscosa me quedó grabada, retenida-. A la tarde, comí un poco de ese dulce, lo que me recordó la mancha y la «sangre». A la noche, en una vereda de la calle Moreno había una mancha de sangre, espesa y concretamente roja, más allá otro poco, raspado, como por una mano o un pie que tocó la mancha madre y luego friccionó más allá las baldosas, el cordón / ahora, en estos días, el leitmotiv ha sido Edgardo Antonio Vigo, el “artista” ése de quién aún no he visto nada pero por todos lados se me apareció: en publicaciones, en conversaciones, no importa -hoy leí una variación: «Jean Vigo» decía en un periódico- / otro día
había sido la violación: tres casos en un día (llamo «casos» a los hechos u objetos que construyen el motivo recurrente) / otros días fue el exilio: a España, sobre todo -pero éste sobrevuela como un leitmotiv general: no hay semana en la que alguien no me diga «tal viene de visita de España, está trabajando allá; aquel se va; ése se fue; hoy tengo una despedida a una amiga que»; así como también «yo soy descendiente de italianos / de españoles / de franceses / de alemanes» y las colas en las embajadas y los trámites; y todos relativizando, debido a su repentina incoveniencia, el sentimiento de nacionalidad (¿y por qué se van? ¿y a qué se van?); y recién por estos días aparece para mí en forma directa alguien que se va, Pablo, un amigo; hace años que lo vengo escuchando de rebote, constante pero ajeno, como si fuera algo de otra clase social («a Barcelona, claro»)
el EXILIO /
la muerte, otro leitmotiv /
y después está la cosa de hablar de poesía o política y literatura. Es tedioso cuando uno se instala en un pensamiento, acabo de notarlo. Hoy, por ejemplo, me cansé de mí mismo escuchándome hablar -fue un instante muy preciso que me abatió-: sostuve las mismas ideas (las mismas palabras) en cuatro diálogos diferentes, con cuatro interlocutores diferentes / no es que diga sería mejor cambiar de discurso, como si lo que uno piensa y sostiene fuera un traje oscuro y pesado que cada tanto hay que poner a orear -o cambiarlo por uno más actual-, sino sólo que me sentí estancado; crecí en mi pensamiento recién hoy, tarde, cuando me desligué de la maraña de pensamientos/acciones que corresponden para moverse en la «vida cultural», al intentar sumergirme en esto que está corriendo ahora por mi familia: la muerte próxima de una hermana de mi abuela (Tía Poli). Hablamos con ella (con mi abuela): tiene miedo. (Me conmueven más que nadie en el mundo mis abuelas indefensas: sin esa inteligencia de consultorio y sistema educativo nacional que tenemos las generaciones posteriores, esa conciencia mentirosamente «fuerte».)
y otro leitmotiv: el 17 de mayo mi padre cumplió 56, lo festejó el sábado 18 y el martes siguiente murió / el (sábado) 17 de agosto la tía Poli cumplió 81 y el martes siguiente la internaron (dicen que es terminal, aún hay que ver: «mañana sabremos»)
El leitmotiv, por si no se entiende -sé que es un poco forzado- , es: 17-cumpleaños-muerte-martes (y el 17 es “la desgracia” en la quiniela)
entonces ya tenemos: (hagamos el inventario)
el EXILIO
la MUERTE
y el otro leitmotiv, por supuesto: «crisis social». No conozco otro país -otro mundo- más que uno en estado perpetuamente crítico.
El leitmotiv: la repetición, método elemental para el pensamiento. Lo parecido pero diferente que se repite igual aunque distinto. El leitmotiv de un día: ¿lo construyo para escribirlo?

Buenos Aires, madrugada del 26 de agosto de 2002

Encontré una hoja en la que escribí, el 27 de abril de 2002:
«Tomar un eje. Por ejemplo: la violación sexual. Ayer, caigo en la cuenta y me sorprende, un eje posible -arbitrario-, la violación.» Ahí empezó el leitmotiv.
Y sigo leyendo: «Primero, a eso de las 17, vi una película de un ruso», se llamaba, recuerdo ahora “Un lugar en el mundo”, y el director era Aristakjan ; «en la película», anoté, «un chino joven y exilado era abordado, violado, por una mujer rusa en medio de una habitación en ruinas, atestada de cripples-hippies. Más adelante, el chino se obsesiona con ella. A eso de las 21, antes de comenzar con la función de la obra de teatro en el Parque Avellaneda» (por esos días estaba actuando en ese Parque) «la Turca, Facundo y Tati se reían a los gritos cerca nuestro. Nosotros, vestidos de monjes, en ronda, hacíamos chistes sobre la violación de la Justicia (que era el personaje, en zancos, de la Turca). Y después, en el bar, a las 2 de la mañana, Ariel se preguntaba sobre cómo cómo cómo un violador, etc. Si puede coger normal o no. Algunas anécdotas entonces, como la de la piba del cajero automático, el paseo por la calle y el intento de violación por un tipo impotente tras unos arbustos a las siete de la tarde en el barrio de Belgrano.»
«Y lo último.», escribí, «En algún momento incierto de la mañana de hoy, un sueño con tres chicas chicas (¿quince, dieciséis años?) que se me acercan, me tironean, me dicen cosas que no recuerdo. Una violación suave. Y la sensación de no saber si sí o si no.»
Un leitmotiv.

Buenos Aires, 17 de febrero de 2003

Hoy, en unas 12 horas, se irá Pablo a España. A Barcelona, en realidad. Recién estábamos en el bar, todos. Algunos estábamos violentos.
A las 9.30 nos encontraremos en lo de Ariel para ir a buscar a Pablo y luego, a Ezeiza. Todo esto es una mierda. Pablo no sabe qué hacer. Ninguno de nosotros sabe qué hacer.

Buenos Aires, madrugada del 8 de octubre de 2002

Ya se fue.
El Aeropuerto de Ezeiza es un lugar lleno de gente horrenda. Todos aquellos tipos vestidos con camisas rosadas, remeras Lacoste y demás. Ariel estaba vestido como ellos. Era, de algún extraño modo, gracioso, porque él detesta a esa población. Toda esa clase de gente que circula por la vida rodeada de empleados («señor, ¿le llevo el carrito?») por ámbitos asépticos como el nuevo aeropuerto/

¡Ya no hay cemento! A las construcciones que en nuestra imaginación forman parte de “lo público”, no se les ve cemento. Ni piedra. Todo metal, vidrio, plástico. Podrían no estar, fueron levantadas anteayer.
La parte vieja del aeropuerto, en cambio, son bloques enormes de concreto o no sé qué material monumental, edificios que parecen gritar ¡obra pública! ¡plan quinquenal! O algo en mayor o menor medida “político” (en ese sentido amplio y vago que aprendimos). El “Aeropuerto Argentina 2000”, no. Está hecho para los treinta y tres ciudadanos del mundo que se funden en el glamour medio border de Penélope Cruz asomándose tras un frasco de perfume. (Y detrás, los empleados.)

/vi llorar a Ariel. Y a Pablo. Al Bota. Y a Mariano. (Éramos cinco.) La palabra es así de grande: EXILIO. Y para colmo, un exilio soso. Ni siquiera el exilio épico que mamamos desde nuestra cuna argentina. (¿Hace falta explicarlo? Los exiliados políticos desde 1811 hasta 1982. ÉSE leitmotiv.) Ahora es todo como más liviano, y por eso mismo angustia por el vacío que no llena. Plena huída sin ser “echado”. No viene al caso la comparación en términos de mejor o peor, ni de riesgos. No viene al caso la comparación, directamente. Es nada más que eso: un exilio hacia la nada, desde la nada. (¿A qué se va? ¿Por qué se va? Una hipótesis sociológica no me interesa ni me alcanza en este momento.)
Ahora debe estar sobre el Atlántico, o Uruguay o Brasil. (Hace escala en San Pablo, luego en Lisboa y después, Barcelona.) En realidad, no sé adónde debe estar ahora.
Todos vamos a escribir cartas. ¡Resurreción de un género!
(Y mientras tanto pienso: todo esto es una mierda -lo que escribo, lo que hay, lo -, to )

Buenos Aires, 8 de octubre de 2002

Cuando regresamos de Ezeiza invité al Bota a almorzar. Ninguno de los dos quería quedarse solo. Hablamos todo el tiempo. Ya de noche, llamé a Ariel. Me contó que estuvo todo el día con la cabeza ocluída, estallada, como yo. Extrañadísimos todos y sin siquiera entenderlo. ¿Qué estaba pasando?

Buenos Aires, 9 de octubre de 2002





Sueño de una chica

15 09 2007

Hoy una chica que conozco apenas de vista me dijo: «soñé con vos el otro día, fue horrible». Y luego explicó: «estaba en una terraza con todos mis mejores amigos y estabas vos, que no te conozco y yo no entendía por qué estabas, y de repente todos se cayeron y vos dijiste “uy, se cayeron” y después te caíste vos; estuve llamando a todos todo el día para ver si estaban bien, y ahora veo que estás bien vos, por lo menos decime tu nombre».

Buenos Aires, 22 de julio de 2003





Generación

15 09 2007

¿Hay un algo generacional? ¿Venimos a contar la nada, la playa, la pampa seca que parece este país hoy, 2002? Esta generación en la que estamos (delimitemos: hijos de los 70 supuestamente “cultos” de Buenos Aires) tiene su propia road movie y transcurre siempre en alguna playa de la Provincia de Buenos Aires. Costa Atlántica. Es una road movie quieta. Ahí, en el sopor de no hacer nada, de nada para/por hacer, de las vacaciones de enero, las playas parecen ser nuestro nuevo “desierto”; puede ser casi gracioso: las playas atlánticas funcionan como antes funcionaba para los del demasiado real siglo XX, y aún más para los del archi-mítico siglo XIX, la pampa. Cada siglo con su propia Tierra Prometida, su desierto para atravesar, poblar o recluírse.
Nuestro (paraíso) desierto: la vacación.

O como ayer (hoy) a la madrugada:
Los estertores de una reunión-cena de fin de año con ocho compañeros más un profesor. Estábamos en Plaza España -abierto las 24 horas- que está sobre Avenida de Mayo. A las doce y algo éramos cuatro estudiantes y el profesor:
Por momentos la situación era extraña, graciosa, decadente, horrible. Sobre todo después del décimo Vasco Viejo (había pasado antes un jerez de la casa). La conversación alternaba entre lo “soez” y lo “sublime” a cada minuto; es decir, un subibaja compuesto de guasca y frases sobre la creación y la vida en general. César, que estaba sentado al lado mío en la mesa redonda, se sacaba y se ponía los anteojos verdes cana-1982 (un rato se puso los negros de surfer del gordo), y me pedía que lo ayudara porque le temía al profesor.
Desde temprano, el gordo y Sebastián iban al baño de a uno a pitar un porro. Después ya pitaban en la mesa tapándose la boca y la tuca con las manos, como si estuvieran usando un escarbadientes. Ya a eso de las dos, creo, se pusieron a hablar en francés durante un rato. Sebastián se quedó colgado parodiando el acento y los gestos con su gran bocaza. Después el gordo tocó Adiós Nonino con su armónica y lo hizo callar una moza a pedido del encargado. Entonces ellos le pidieron que viniera el encargado, y el pobre vino (no sé si escuchó o no: todos decían «se parece a Faivel»). El armoniquista le preguntó el nombre a la moza -Gabriela- y le dedicó un tema. Salimos de ahí. El último en salir fue César que tardó mucho en el baño.
Caminamos un rato por Avenida de Mayo, nos detuvimos, pité un poco para soportarlos (era el único sobrio) y me reí unos momentos hasta que el profesor dejó de molestar a César para empezar a desubicarse conmigo («si sentís algo duro, relajate y disfrutá»). Fue todo bastante lamentable y divertido.
Pero esto está acá sólo para poder ambientar una frase del gordo; una frase que dijo cuando ya estábamos afuera, a las tres de la mañana, en Avenida de Mayo. No sé de qué hablaba con el profesor, iban juntos adelante. Le escuché decir: «es que nosotros nacimos con el campo muy libre, pero no sabemos para qué».
Me puso mal la revelación tan vieja y sabida. Volví a pensar en las playas y las vacaciones y la juventud supuestamente sosa por la que vamos. No puedo decir, ahora, más que eso: las playas de Miramar, Necochea, Monte Hermoso, Villa Gesell (jamás la citadina Mar del Plata, vale aclarar, a menos que sea invierno y la ciudad esté vacía de turistas).
La idea es: todo extenso, arena sucia y viento. El sol apenas importa en este asunto.
Nuestro sol es frío.

[Pienso en hacer una lista de escritores en los que rastrear aquello que intuyo generacional (la aparición reiterada del espacio vacacional o de ocio, ese aparente leitmotiv): algo de Marcelo Eckhardt, Romina Freschi, Gabriela Bejerman y sus prole boba, otros mil... Y también me nutro del “Nuevo-cine-argentino-joven-independiente”]

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2002

El ocio es una clave, pienso ahora (¿clave de clase, también?). Los nombres de algunas publicaciones literarias me aceleran el pensamiento: Nunca nunca quisiera irme a casa (y tener que irme de la disco o terminar las vacaciones), Te usamos la pileta (relación obvia), Plebella (inefable), Belleza y felicidad (…), Pisar el césped (rebeldía ingenua, como ellos mismos dicen: “transgredir la norma” en una plaza de Barrio Norte).
¿Y qué es todo este sopor, este transcurrir soso en una playa atlántica, melancólicos? Supongo que miedo. ¿A qué? Haríamos bien en preguntarnos eso.

(Apunto ahora: la melancolía es la forma sofocada del dolor, su límite tolerable; la hendija por la que apenas se cuela la -nuestra- tristeza desgarradora necesita ser abierta ya.)

Córdoba, 8 de octubre de 2004





Sueño de Mauricio

15 09 2007

Anoche, en la cena, Mauricio contó un sueño. Cuando él estaba en cuarto grado, tenía una novia que se llamaba Karina Andrea Caligari. Y una noche soñó con ella: unos duendes-enanos se la llevaban de su lado tras una pelea muy dura. Los duendes le decían que la habían enterrado viva y que, para identificarla, habían puesto una tapita de crema de enjuague sobre la tierra que la cubría. Entonces Mauricio subía una colina en su búsqueda y del otro lado se topaba con un extensísimo campo cubierto de tapitas de crema de enjuague; pero como él conocía -no sabía cómo, pero lo conocía- el aroma del pelo de Karina Andrea Caligari, se ponía a oler todas y cada una de las tapitas-lápidas y encontraba la correspondiente a la tumba de su novia. Y cuando comenzaba a desenterrarla, y mientras oía los llamados de Karina Andrea Caligari desde bajo la tierra, sus primos lo despertaron.
«Y no pude desenterrarla», dijo.

Buenos Aires, 13 de julio de 2004





Apuntes sobre una fiesta

15 09 2007

Un cana de guardia en la puerta de una fiesta pop conversa con los que cobran la entrada. (Tomo nota.) Sostiene que las penas deben ser iguales para todos. Hurto de $1: 5 años; de $1.000.000: 5 años. Habla. Habla. Habla. Alega que una mano firme reduce la delincuencia, porque «antes de hacer algo, la van a pensar». Y agrega, así de la nada, que un juez no puede ser homosexual. «¿Viste el juez Oyarbide? Estuvo en Espartacus y todo eso. Y no puede juzgar. Yo no tengo nada contra los homosexuales, pero cada uno en su lugar.» Nadie le responde nada; supongo que alguno de los tipos de seguridad está de acuerdo. Supongo que los que cobran la entrada no, guardan silencio de otra manera -¿más incómoda?-, pero tampoco dicen nada. Y entonces el cabo sigue hablando.
Hace un rato, y ahora otra vez, todos los que trabajan en la puerta se ríen de un gangoso al que no dejan entrar. Dicen que hace mucho bardo, que se pone cargoso con todo el mundo. Lo imitan y se ríen. Uno de seguridad ya lo echó hace una hora. El gangoso decía que iba a hablar con el jefe, porque era amigo de él.
Estoy “trabajando” en la escalera de entrada de la fiesta. Tomo e-mails de la gente que llega. Mi “trabajo” consiste en estar parado durante algunas horas repitiendo las mismas frases alrededor de trescientas o cuatrocientas veces, hasta que se llena el local (un sótano enorme sin salida de emergencia), y luego bajar a repartir comida gratis -cosa que sólo trae beneficios: todos toman más, pero se emborrachan menos (reduciéndose así el promedio de vómitos en baños ya pre-inundados); y creen que les salió más barato porque les regalaron cosas, y entonces vuelven el próximo fin de semana a comer gratis para poder pagar el trago-. El clima es frío y asquerosamente húmedo. Entra un falso punk.
Entran tres pibes con el mismo corte de pelo -ralo a los costados, cresta sutil- y el mismo gel. Son un mismo pibe en tres alturas distintas. No se deciden, miran los volantes, hacen preguntas por el precio.
(Escribo por el mero hecho de estar aburrido, y sorprendido, y hastiado, de pie durante horas en la puerta de LA FIESTA.)
Abajo, en la cocina adonde busco la comida para repartir entre gente desesperada por una porción de pizza gratis, trabaja un tipo de mi edad, pero lejano, lejano. Hasta hace poco sólo nos comunicábamos con gestos y mascullando: sí, esa bandeja, en la heladera, la cuchilla, no, esperá. Todos “los de abajo” -cocina y barra- son parientes. Del Chaco, me dijeron. Y también son parientes de los de seguridad. Es decir, una gran familia. Aunque no son parientes, claro, del dueño del local, quien vendrá cerca de la madrugada a contar el dinero de la caja, mirando con cara de jefe a todos -esa mueca ridícula de desprecio que a esta altura parece una parodia del Patrón Universal-, y como es sábado, separará los pesos que me corresponden por las dos noches semanales de trabajo.
(Entra un rubio medio gordo a buscar a otro organizador de la fiesta. Lo encontró. Salen. Volvió el poli, no sé cuándo se había ido.)
Desde hace unos meses ha ido tomando forma algo que conocía pero que nunca había experimentado con tanta sistematicidad como para entenderlo: lo agotador e insoportable que es trabajar para que otros se diviertan -al lado tuyo-. Es algo que siempre supe y viví a través de mi abuela -que trabaja en casas desde los 8 años hasta el presente-, pero pocas veces en forma directa. Trabajos anteriores me expusieron a relaciones insoportables de otro tipo. Encima, mi posición acá es supuestamente “intermedia”. No es igual a la de los de la cocina, ni a la de los de la puerta (ni a la del patrón, claro), porque yo me meto entre la gente y tengo que sonreírle y jugar a sus caprichos de sábado a la noche. Y si me eligieron para hacer eso es porque formo parte del target de los que vienen a esta fiesta -veintipico, clase media, “blanco”-. Y mientras pasan New Order al taco y sostengo la bandeja con ambas manos para que no se me caigan los pedazos de pre-pizza con queso derretido al piso de pinotea agujereado, una chica vestida de nena me dice: qué buen trabajo que tenés, es re-divertido; y me saca una foto con su cámara digital.

Buenos Aires, 28 de junio de 2003





Parroquia

15 09 2007

En la entrada a una parroquia de Barrio Norte veía entrar a la gente. Disímiles, inesperados. Una señora paqueta que llega en taxi a misa. Un pelado de saco gris. Un hombre de bigotes y zapatos con taco (me recuerda a mi padre) que sale y prende un cigarrillo. Un chico de once o doce años que llega en bicicleta acompañado por su madre rubia, alta, de sobretodo negro, un poco renga. Se separan: el chico le pide al pelirrojo de la recepción de la Parroquia que le abra un lugar para guardar la bicicleta, la madre entra en la iglesia. Mientras, un cura de civil, de pelo muy blanco («níveo») conversa o en realidad sólo escucha a una señora de campera y permanente, sin elegancia, lavada. Antes y después, algunas mujeres más típicas de iglesia católica. Se las distingue por las caras atormentadas, blancas, adiposas, tristes y sin maquillaje.
Ahora pienso que quizás de tanto ser ateo olvidé la densidad del mundo religioso. De chico iba a la iglesia en ocasiones muy particulares. En realidad, fui con cierta recurrencia a dos iglesias: una protestante y otra católica. (Este contraste sin contrastes, relativizándolo todo, debe haber fomentado en parte mi ateísmo, sospecho ahora.) Por parte de mi abuela materna, heredé el luteranismo. Pero no llegué a practicarlo. Mis padres decidieron que no nos bautizarían ni a mi hermana ni a mí, alegando que nos dejarían elegir la religión cuando fuésemos grandes. Absurdo. Una religión no se escoge, se hereda por imposición o porque es el aire que se respira y punto. Ahora ya es muy tarde, pero mi abuela no se resigna, me regala una Biblia de Estudio -llena de notas al pie-, un libro de Catecismo Menor (de Martín Lutero) y me habla de su iglesia. Tiene tanto fervor, tanta vida puesta en eso que me produce admiración. Pero antes me hastiaba. Íbamos de vez en cuando a su iglesia, una comunidad descendiente de alemanes del Volga con poca descendencia dentro de la iglesia. A veces con mi hermana nos burlábamos de esa gente. Por suerte más tarde entendimos que no los entendíamos y ya.
La iglesia católica a la que fui de chico era la parroquia a la que iba un amigo mío. Si me quedaba la noche de un sábado en su casa, iba a misa el domingo con toda la familia. Yo detestaba esa parroquia. Sus feligreses me parecían aún más siomes que los de la iglesia de mi abuela. Por lo menos, en la de los alemanes, había un aire importante, longevo, campesino incluso, que le daba cierto espesor. Esta iglesia, en cambio, era citadina, superpoblada y encima de suburbio (Temperley), lo cual la hacía horrenda, aburguesada, de kermesse.
Un domingo, durante un sermón interminable, me puse a contar lentamente para pasar el tiempo. En cada centenar me sorprendía de seguir contando y que la voz del cura siguiera y siguiera monótona, habitando todas las cabezas y todos los ecos. Llegué como a 500. Al finalizar el sermón, se lo dije a mi amigo y se escandalizó: «¡No estabas escuchando!», me dijo indignado.
Y otro día, le comentó a sus padres mientras íbamos en el Fiat 147 de su familia: «¿Saben que le enseñé a Gabriel a hacer la señal de la cruz?». Y ahí nomás tuve que hacer la demostración práctica. Humillante. Lo desprecié. Hasta ese momento, me resultaba divertido y hasta fascinante hacer la señal de la cruz al pasar frente a una iglesia. Aunque sabía que no lo hacía con sentido, es decir, sintiéndolo, es decir, con fe; lo hacía por gusto y por ver que una señora lo hacía, que un señor lo hacía… era hacer algo importante, adulto y, por sobre todas las cosas, ajeno. Creo que lo exótico jugaba parte importante. Pero luego de ese día dejé de persignarme, y hoy todas las personas que veo que lo hacen -repitiendo ese gesto mecánico, con la mirada perdida, como autómatas- me producen cierto escozor.
Hubo una época en que todos mis compañeritos católicos, apostólicos y romanos del colegio primario tomaban la comunión y yo no. A pesar de sentirme “diferente” (y los otros se encargaban de hacérmelo sentir, claro -jamás me invitaban y encima, ¡algunos eran también, entre ellos, compañeros de catecismo!-), no creía que eso fuera algo realmente importante. A fin de cuentas, los protestantes me parecían más simpáticos, más “inteligentes”. Creo que basaba esa teoría simplista en la palabra “protestante”, que yo traducía en “inconformes”; es decir, en “críticos”. Más tarde descubriría que lo ignoraba todo acerca de esa “protesta”.
Pero estaba con lo de la Capilla/Parroquia: al rato de esperar a quien no llegaba, decidí entrar en la parroquia para dejar lo que había llevado hasta allí, un videocassette de una obra teatral. El pelirrojo recepcionista -un muchacho/hombre frágil- me dice que no lo conoce, pero que baje adonde está un grupo de teatro ensayando. Entro, bajo.
Y así, un mundo dentro de otro. En dos grandes salones divididos por puertas batientes, como de sala cinematográfica, muchos hombres y pocas mujeres, dispersos por todo el espacio, de pie. Varios con vestuario. Sobre una tarima, un “director” pelado, bajito, de saco y amanerado, dirige una escena entre dos hombres, libreto en mano. Uno de los actores tiene puesto un uniforme militar gris que no reconozco. Dice un texto: «miles de judíos estaban refugiados en nuestra parroquia». El director le corrige algo que no entiendo porque no alcanzo a oír. Observo todo desde el vano de la puerta, sin intenciones de entrar, tímido y maravillado con ese espacio ajeno y vital, espectacular y nuevo (y antiguo) para mí.
El uniformado repite el texto y se traba. El director corrige algo más. Un muchacho vestido de cura hojea un diario sentado en una especie de hueco enorme que hay en la pared opuesta. (Todos los demás están en sus cosas.) Otro muchacho, de barba, acicalado, llega desde el otro salón. Pienso si no será él quien tiene que recibir el video. No se me acerca. Me decido a entrar, sin ganas: quisiera poder quedarme observando ese trajín algo /ridículo y sublime/ de actores de parroquia citadina. Me dirijo hacia el único que está apartado (el falso cura que lee). En la mitad del trayecto, una voz me detiene. «¿Buscabas a alguien?». Es el director. Le digo que sí. Le digo a quién. No llegó. Sé que ahora todos me miran a mí. Yo soy por un instante el show, el ajeno de otro mundo.
Le encomiendo la entrega del cassette y me voy.
Estoy alegre. La alegría de conocer la punta minúscula de algo inmenso. O de recordar algo olvidado, una densidad irremediable y afortunadamente ajena; no para apropiarla, sino para comprender (y esta última palabra estalla hacia todoslados).

(En la vereda, otra voz me llama: «¡Maestro!». Es con quien me tenía que encontrar. No sé cómo se le ocurre que era yo, si no nos conocemos… ¿Intuición, fe? O aún estando en la puerta de la parroquia sigo siendo el extraño, y por lo tanto, el único que podía ser yo -un visitante que viene a traer algo-. Le explico todo y él entra a su ensayo. Me voy y garabateo todo esto en el 102 con entusiasmo.)

Buenos Aires, 18 de junio de 2004





Niños (o Necochea)

15 09 2007

Necochea, 5 de enero de 2004

Llegamos a las 8.
Fuimos al Parque Lillo, centro del Festival. Averiguamos. Nos mandaron al hotel Las Nieves. Dejamos las mochilas. Volvimos al parque, nos informaron acerca de las funciones (tenemos función todos los días salvo hoy). Miramos los espacios: las dos carpas y el anfiteatro. Fuimos a la playa. Nos metimos en el mar. Advertí que hacía mucho que no me metía en el mar. Un cambio de humor repentino. Óptimo. Fuimos a almorzar a Su Cantina, gracias a los vauchers que nos entregaron. Más tarde, ensayaremos y resolveremos el tema de la escenografía. Luego veremos un par de obras.
(En el micro coincidimos con otro grupo, pero nos evitamos de la manera más infantil. Ni aún cuando llegamos a la terminal nos acercamos más que para saludarnos formalmente -porque ahí ya no cabía duda de que éramos “colegas”-.)

Necochea, 7 de enero

No quiero escribir sobre las obras.
No quiero escribir anécdotas. No le encuentro sentido.//

El tiempo está húmedo, pesado, bochornoso, nublado. En media hora nos encontraremos en el restaurante Su Cantina, adonde nos corresponde almorzar y cenar todos los días.//

Y ahora, ¿apuntar la conversación de hoy más temprano con un director titiritero del GBA-Oeste sobre estrategias, carreras y recorridos teatrales con sus cruces políticos -clientelistas- problemas y subsidios e institutos de cultura y teatro nacionales y provinciales?
¿consignar que un grupo que hoy se va -por razones que desconozco- organizó anoche muy tarde una suerte de peña, yo dormía ya, fue como a las 2 o las 3?
¿relatar que soñé que Esteban y Laura -dos actores del grupo- me “regalaban” un clon de mi viejo -que murió hace más de un año y medio- y yo enloquecía (como nunca enloquecía, como nunca jamás me angustié y desesperé en un sueño) y llegaba mi vieja y yo le contaba lo que pasaba y se lo quería mostrar -ella, claro, indignada-?
¿agregar que al final del sueño un amigo actor-famoso, molesto por algo, por algún sentimiento de culpa, algún odio contra la gente que lo rodeaba circulando (sólo circulando) en una esquina, arrojaba un bidón explosivo contra un edificio vecino al edificio en el que yo estaba y todo se derrumbaba, yo me cubría la cabeza con las manos y a pesar de mi susto, angustiado, lo comprendía y creía/pensaba que había hecho bien?
¿incluir que acaba de sentarse Laura en el banco de plaza en el que estoy -ella llega de la playa- y como no le hablo porque sigo escribiendo se pone a leer?
¿señalar que en la carpa 2, adonde hicimos la función, quedamos ensopados por el calor de las doscientas o más personas que la inundaron?
¿y que después de nosotros fermentó un musical infantil con más almíbar que un mar de almíbar y dos cucharadas de azúcar -todos los actores jóvenes de 20 o menos, de una escuela de comedia musical-?
¿o tal vez que la mejor obra que vi hasta ahora en este festival infantil es decididamente más disfrutable por adultos?
Qué elegir. Qué anotar.
¿que ayer discutimos -todos, el grupo- un poco sin sentido?
¿que cada uno de nosotros, a su tiempo, sacó lo más idiota de sí mismo?
(La función pasó y ya en la cena estuvimos de perfecto humor nuevamente.)
Son demasiadas cosas. Todo se siente trabado. Este espacio ideal de “Festival de Teatro Infantil” -aparentemente ideal a priori para nosotros- no funciona. Creo que imaginábamos que veníamos a una panacea de “intercambio cultural” que no resultó así. Estamos atorados. Es nuestro tercer día acá y todavía no entablamos relación más o menos fluida con ningún otro grupo. Y la organización es como un fantasma. /Una institución despersonalizada./ No conocemos a nadie. Nadie nos conoce.

Necochea, 8 de enero de 2004

Necochea: nunca vi tantos niños trabajando con y para sus padres: el mariachi, el tecladista, el hijo de la dueña del hotel, el canillita, etcétera.

Necochea: un padre le dice a su hija de cinco años: «Desobediente. Eso es lo que sos: una desobediente». La nena va de la mano de su madre con un molinete. La mirada al frente. El padre va detrás. El ritmo de las frases se me hace insoportable: «desobediénte / éso es lo que sós / úna desobediénte». La nena parece no sentir nada, a fuerza de sentir. Camina erguida mientras las palabras se le clavan en la nuca.

Necochea, 9 de enero

Mientras ensayábamos en el Parque Lillo, dos nenas se nos acercaron para decirnos que habían visto la obra dos veces y que la querían ver otra vez. Nos dijeron que la nuestra es la mejor obra y que vamos a ganar el concurso. El detalle es que en esta edición del festival no hay concurso. //

Estoy en la “confitería” del ACA frente al mar. Un té cuesta un peso. Vengo de un breve paseo por la costa helada y ventosa. Me molestó advertir la melancolía obligatoria de la playa vacía y decidí subir a la costanera para meterme en algún bar. De esta confitería parece brotar la quintaesencia de una vacación familiar clase media de la década del 80. La ciudad familiar (familiar en sus dos acepciones más corrientes), con sus parejas jóvenes, con sus niños y sus jubilados, me rodea / me envuelve. Pero ya no formo parte de esta marea vieja y marchita. Un espacio sólo posible cuando era un chico. El día está plomizo.

Necochea, 10 de enero

Ayer tuvimos el día libre. Se suspendió la función de anoche -que iba a ser en el anfiteatro- por el mal tiempo. Vimos entonces dos obras: una de títeres de cachiporra y otra de “luces” -luces que atravesaban discos y figuras de colores traslúcidos-, en la que performeaban una chica y un tipo trulados, chiflados, ingenuos, geniales. Era la historia de La Noche, que estaba al otro lado de un río que ningún hombre había cruzado, guardada como un lujo (un tesoro) dentro de un coco -un cofre del dios Gran Serpiente-. El coco se abría y con La Noche aparecían -llegaban- los animales a este lado del río. En la carpa la gente se iba, agobiada por el calor o desorientada por el delirio de las imágenes; todo era hilarante y naïve, fascinoso y raro.
En la obra de títeres de cachiporra, en cambio, el verdadero espectáculo eran los chicos. La obra era lo de siempre: persecuciones, golpes, y títeres escondidos que se asoman o que no se ven entre sí, con todas las tensiones y distensiones harto estudiadas. Los chicos deliraban, aullaban, gritaban, se subían a las sillas desesperados porque el diablo iba a golpear a la chica. Y repetían a coro: «los cabellos, María, los cabellos», un texto-leitmotiv que muy pronto anticipaban y gozaban al decirlo, gritarlo, berrearlo.//

Después de cenar en Su cantina, salimos, caminando contra el viento cada vez más fuerte, con un grupo de actores del que nos hicimos amigos. Fuimos al Casino: está detenido en 1979. Hay incluso gente dentro que vive así -se mueve así, pestanea así-, son 1979, en el Casino de Necochea. Una lámpara fastuosa, enorme, tubular, de caireles romboidales, como cuellos de botellitas de coca-cola invertidos y pegados entre sí, cuelga en la entrada, antes de subir las escaleras.
Uno de los del otro grupo ganó 50 pesos en la ruleta. Los demás parecíamos pungas, recorriendo las mesas sin jugar, sonrientes, fascinados con ese mundo extraño y reseco. El campeón había puesto la primera ficha en el 33 y ganó pleno. Después puso algunas más y perdió. Decidimos que bastaba con 50 pesos y nos fuimos. Terminamos en una boite, para seguir con el setentismo atroz olmediano, llamada Ufa.

(Salimos a eso de las 5, y en una panadería, esperando por las facturas, nos encontramos con la chica del teatro de luces y su novio. Parecían borrachos o fumados. Nos reíamos todos. Contaron que intentaron ayudar a un chico que lloraba desconsolado, en una especie de ataque de pánico. Yo lo llevé hasta su hotel -eran varias cuadras-, pero no había nadie. No podía dejarlo solo, así que volvimos adonde nos habíamos encontrado. En eso el chico ve una pizzería y me dice como si nada: «ahí está mi papá, me voy a internet». Ella relataba entre azorada y molesta por la desaprensión del chico.)

Necochea, 11 de enero

Hoy hubo un intento de integración demasiado tardío por parte de la organización del festival: unas hamburguesas completas con cerveza Palermo en el Campamento Base, entre coníferas-asienta-médanos. Fue algo insípido -anodino cuaja más- sumidos todos en un ambiente de colonia de vacaciones, tratados como niños -de vacaciones-, a quienes se los junta «así se conocen y se hacen amigos».

Por la tarde, se realizó la ceremonia de cierre en el anfiteatro del Parque Lillo. Con Intendente. A cada grupo le dieron un certificado de participación y un azulejo de baño con el escudo del municipio (suponemos que para colgar en el living). Hubo un coro y una puesta de la ya definitivamente vieja obra Los de la mesa 10, de Dragún (la historia de María y José, la chica bien que estudia y el chico humilde que trabaja), realizada por un grupo de actores “con capacidades diferentes”… //

Sale el micro. Mucha gente saluda y se agita ahí afuera. //

Recién pasamos sobre el río Quequén. La luna baja, cortada y verdosa. Advierto que no conocí el río. Fueron varios días de trabajo no pago. Ni siquiera los pasajes para llegar hasta acá (y luego huir). Encima parecíamos empleados municipales. De hecho, lo fuimos. Pero todo sea por “la experiencia”. El intercambio fue éste: la Municipalidad de Necochea entretiene a sus turistas (y a sus niños turistas) -sin descontar con esto el valor “cultural inmaterial” del evento, claro-, y los entretenedores pagamos por hacer ese trabajo. ¿Y qué valor recibimos a cambio? Supongo que la experiencia de haber tenido de 200 a 400 personas por función delante. Desde cierto punto de vista, si consideramos la confrontación con el público como un ítem más en la formación del actor, este viaje vino a ser una especie de residencia paga. Sólo en ese sentido, satisfactoria; pero también, en ése y en todos los sentidos posibles, hipócrita.//

De nuestro grupo, una se fue a Mendoza a las 15, otro se volvió ayer a Buenos Aires a las 23:40. Otros dos se fueron hoy a Tandil a las 19. Yo salí (estoy saliendo) hacia Buenos Aires, a las 23:40. Y la última se va mañana a las 12, a Mar del Sur. Cada uno huye hacia donde puede. Necochea no da para más. Esta costa atlántica no da para más, es el pasado absoluto.





Sueño con prólogos

15 09 2007

La protagonista de mi sueño era Salma Hayek, a quien antes de acostarme había visto en una publicidad televisiva de una película: The velocity of Gary. Publicidad que me hizo recordarla en esa película -que vi hace tiempo-, llevando una remera de Argentina ´78. Eso me hizo recordar, a su vez y también antes de acostarme, a Menotti y a sus dichos en el diario de ayer, a causa de los 25 años del campeonato mundial durante la dictadura (con su no tiene nada que ver una cosa con la otra, yo un profesional en darle alegría al pueblo). En mi sueño aparecía además Forrest Whitaker, a quien también había visto en otra publicidad por TV de una película, pero no recuerdo cuál. Lo que sí recuerdo es que me detuve en su párpado caído. El tercer personaje -que si bien sólo aparece al inicio del sueño, como una especie de prólogo, igualmente forma parte integrante- era Simón, un compañero de la escuela de cine.

Ahora bien, el sueño era así:
En el piso de una habitación alfombrada, Simón me pedía que tuviese cuidado con un objeto. Yo me acercaba y él me mostraba una cajita rectangular, que luego pasó a ser solamente una maderita con cosas arriba.
Simón me explicaba, con un tono que varió del reproche a la evocación, que allí conservaba los ojos y algunos huesos de su hermano muerto. Miré: había dos bolitas blancas sostenidas por diminutas columnas de algún material intermedio entre la cera y el pegamento. Había además un recipiente aún más pequeño, rectangular y de vidrio, en el que, enterrados en una arenilla gris, descansaban, ordenadas como una espina dorsal, pequeñas placas del tamaño de la yema de un dedo (eran blancas). En ese preciso momento o estaba una amiga estudiante de fotografía mirando fascinada eso, o yo pensaba que eso seguramente podría fascinarla. Hasta aquí, el prólogo al sueño.
La parte central comienza con Salma Hayek inquieta en el interior de una casa con techos altos. Está oscuro.
Mi primer punto de vista es desde atrás de una barra de antecocina. Veo a Forrest Withaker que se saluda en un pasillo con Salma Hayek. De súbito, está (no “aparece”, sino súbitamente “está”) la luz del sol entrando por las puertas altas del PH. Forrest tiene el pelo ondulado y largo hasta los hombros. Su párpado no está caído y parece más latino que negro. Salma ahora está contenta porque está con él. Entiendo que lo ama. Le habla. No sé qué dicen, no lo recuerdo.
Ellos están ahora sentados en el centro de la habitación, en dos sillas. Salma tiene a Forrest a su derecha. De pronto, algo cambia en el aire: hay una cabeza sin cuerpo, con una forma cercana a la de un triángulo isósceles. Rodea a la pareja, volando. Es verdosa. De la base de su cuello cuelgan incontables tubitos de colores, como cables. La cabeza da un rodeo por detrás. Salma se inquieta otra vez. La habitación se ensombrece. Salma mira a su derecha: no hay nadie. Todo ha sido una ilusión. Comprende ella y comprendo yo -gracias a esos arranques de repentino conocimiento que ocurren una y otra vez en los sueños- que Forrest nunca estuvo allí, que nunca hubo nadie cerca nuestro. Pero al punto esa idea vacila: en donde hasta recién estaba Forrest Withaker ahora hay un perro. Un perro grande y negro, echado.
Salma está asustada, porque otra vez hemos comprendido algo a un tiempo: Forrest está muerto, lo de recién fue sólo un buen recuerdo que estuvo con nosotros un instante. Y todo lo que sucede luego, de algún modo inexplicable, acaba por explicárnoslo.
Qué sucede luego: la cabeza voladora crece en tamaño, y ahora parece de goma espuma, de un verde dólar lavado. Se ha vuelto una cabeza esculpida: las líneas de la cara y el cabello son gruesos trozos de material verde. Las hendiduras son blancas, sucias. Tiene el aspecto de la cabeza de Washington salida de un billete de un dólar, materializada en goma espuma.
La cabeza deja de flotar y se recuesta con suavidad frente a Salma. Yo estoy ahora a su lado, o mejor dicho: veo lo que ella ve (aunque Salma sigue estando allí y sigue siendo la protagonista). La cabeza se posa, decía, y ahora es la cabeza del Che Guevara. Y en seguida es un montón de cabezas en blanco y negro que se sostienen entre sí armando una gran cabeza indefinida. Hablan todas al mismo tiempo. ¿Cómo se sostienen? Con los dientes, como en una mordida, algunos, como en un beso, otros. Hay algunas cabezas que están meramente apoyadas sobre otras. El blanco y negro es fílmico. Como si las cabezas de varios políticos (porque ahora son cabezas de políticos que no alcanzo a nombrar ya, perdidos los nombres en el olvido automático que es despertarse) hubiesen salido de distintas pantallas de muchos televisores o cines y en su reciente tridimensionalidad, conservaran indefectiblemente ese color y esa textura (esa superficie lisa/plana de la imagen lumínica).
Las cabezas de políticos repiten incansablemente y a coro: «¡El tercer huevo! ¡¡El tercer huevo!! ¡¡¡El tercer huevo!!!». Y con Salma, sin mirarnos, sólo estando ambos allí, entendemos que se trata de un conjuro, de una clave, de una profecía y de todo eso al mismo tiempo. Y por lo tanto, y vaya uno a saber por qué, también comprendemos -y éste es el último arranque de comprensión en nuestro sueño con Salma- que las cabezas parlantes hablan de la historia política de latinoamérica, y que por lo tanto -quién se atreve a dudarlo-, Forrest Withaker es un desaparecido de la última dictadura. Ahí termina el sueño, con ese «descubrimiento» me despierto.

Longchamps, 11 de julio de 2003





Sueño que sueño y narro dentro del sueño

15 09 2007

sueño con mi padre que vive -nunca había muerto “en realidad”- y me preocupo por las reacciones que tendrá mi familia -la sorpresa, el pánico, el desconcierto, la emoción como un desgarro?- y le cuento el sueño a Simón, y él dice que a él peor: a los tres años su padre le negó un vaso de agua o azúcar, a pesar de que él rogaba, imploraba; no sé por qué ni cómo, pero esa experiencia, sin dudas, era terrible, porque antes ya lo había despreciado/abandonado,
y ahora esto!

Buenos Aires, 25 de noviembre de 2004





Revelación difusa

15 09 2007

La sensación cuando me despertó hoy muy temprano el teléfono: creí haber dado con la bisagra “material” de los sueños, la que los une al pensamiento “consciente” de la vigilia: una sucesión de bucles de palabras, razonamientos, ideas valorativas que iban glosando por lo bajo, como un murmullo, toda la acción que acontecía en el sueño de ese momento (incluso las palabras dichas). Los bucles como velcro que une mi cuerpo -y la vigilia- con la materia grisácea del sueño, interpretándolo.

Buenos Aires, 12 de diciembre de 2004





Marea

14 09 2007

Tigre, 31 de diciembre de 2003

Estamos en la intersección de los arroyos Espera y Torito, en una casa con la planta baja inundada. Todo el “patio” está inundado por la creciente. El verano se ha vuelto más que “ideal”, real / en un muelle ajeno (Dulce Rocío) durante horas bajo el sol: nadar, sentir frío, recuperarse, nadar. (Entendemos algo de una manera concreta. El verano, algo de vivir en el río. Y no hay melancolía. Ni lirismo.)

El patio /el “terreno”/ está completamente anegado. El río subió durante la mañana y no se detiene. El patio está cubierto de pastos larguísimos, cortados y arrojados por ahí. Ahora es un pantano de pasto seco flotando, argamasándose con el agua del río, que entra y entra.
El día es nítido y el río sube. Hay una totalidad.

Intento escribir luchando contra el velo de palabras como “rumor del viento”, “cantar de aves, ranas, grillos”, etc. Lucho pero comprendo algo y entonces miro el sol -en la piel encendida, tersa- y abandono aquí, vencido por el Tigre.

(No es volverse más ingenuo, es volverse menos cínico.)

Tigre, 1º de enero de 2004

Acabo de recordar todo lo que olvidé. Toda la ciudad.
Hoy el río ha comenzado a bajar.

Tigre, 2 de enero

A la tarde, cuando sólo se siente el aire fresco sin frío, dejo el escepticismo para otro momento y Majo me lee el I-Ching, sentados en el muelle público. Me salen todos sietes, que forman una figura archiequilibrada. Y en el libro esta figura corresponde al número 1 (el primer ítem): Lo Creativo. ¿Debería reirme de esto?

Con Victoria cruzamos el río deshinchado de un muelle a otro. Debido a que la inundación ya bajó, el terreno en el que estamos nosotros está podrido y pantanoso.

A la noche, siguiendo la pauta del día, Victoria me tira el tarot: estás en una tregua, pero debés romper estructuras familiares. ¿Es gracioso eso? Esteban, en su turno, se pone nervioso con lo que le dice e intenta disimularlo haciendo chistes. (¿Todo eso?)

No es volverse más ingenuo, es volverse menos cínico:
El tarot y el I-Ching -disciplinas que automáticamente me disparan una reacción antiesnob- pueden ayudar a pensar, pienso ahora, a acelerar la intuición; como dice Lawrence que funcionaba el pensamiento oracular. El oráculo no otra cosa más que un impulso al pensamiento. El pensar es empujado a un torbellino asociativo, hacia un huracán del cual saldrá la decisión o la idea buscada. Si tomásemos el tarot o el I-Ching en un sentido literal, no haríamos más que mentirnos. (Como se toma la astrología en los suplementos dominicales, o en general cualquier “cultura milenaria”.)
(¿El psicoanálisis es nuestro tarot “científico”?)
Cierta confusión viene de creer en la adivinación del futuro, y no en la interpretación del pasado. Tanto el I-Ching como el tarot se basan en la propia interpretación del propio pasado. Tal como lo hace el psicoanálisis. Cualquiera puede tomar el psicoanálisis en sentido literal y arruinarse la existencia, en tanto todo conocimiento es metafórico. Será por eso quizás que habitualmente, cuando un conocimiento toma forma en nosotros, sentimos que siempre lo supimos (leitmotiv: la ficción platónica de la Verdad que ya está en uno y debe nacer a través de la mayéutica -el parto-). Dado que accedemos -construimos, en realidad- al conocimiento por metáforas, el aprendizaje es una afinación o complejización del propio sistema metafórico, y no una acumulación de metáforas (ajenas). Si fuese una mera acumulación (información), no existiría dinamismo; en realidad, el conocimiento sería imposible dado que, ¿quién sería capaz de construir conocimiento alguno? Entonces, ¿cómo puedo siquiera pretender entenderme si no construyo yo mismo las metáforas que me explican? ¿Acaso hay alguien que posea la “información” que me detalla?

Tigre, 3 de enero

Estamos esperando la Interisleña en el muelle Los Aromos (porque llegaron los dueños de Dulce Rocío). Enfrente, en La Gaviota, hay un ultragordo que le da órdenes a su mujer para que compre en la lancha almacén. El río siguió bajando. Muchos troncos de muelles viejos y derruídos se asoman sofocados, intentando recuperarse del ahogo tras la crecida. Vemos cosas que ni imaginábamos estaban bajo el agua.