Tigre, 31 de diciembre de 2003
Estamos en la intersección de los arroyos Espera y Torito, en una casa con la planta baja inundada. Todo el “patio” está inundado por la creciente. El verano se ha vuelto más que “ideal”, real / en un muelle ajeno (Dulce Rocío) durante horas bajo el sol: nadar, sentir frío, recuperarse, nadar. (Entendemos algo de una manera concreta. El verano, algo de vivir en el río. Y no hay melancolía. Ni lirismo.)
El patio /el “terreno”/ está completamente anegado. El río subió durante la mañana y no se detiene. El patio está cubierto de pastos larguísimos, cortados y arrojados por ahí. Ahora es un pantano de pasto seco flotando, argamasándose con el agua del río, que entra y entra.
El día es nítido y el río sube. Hay una totalidad.
Intento escribir luchando contra el velo de palabras como “rumor del viento”, “cantar de aves, ranas, grillos”, etc. Lucho pero comprendo algo y entonces miro el sol -en la piel encendida, tersa- y abandono aquí, vencido por el Tigre.
(No es volverse más ingenuo, es volverse menos cínico.)
Tigre, 1º de enero de 2004
Acabo de recordar todo lo que olvidé. Toda la ciudad.
Hoy el río ha comenzado a bajar.
Tigre, 2 de enero
A la tarde, cuando sólo se siente el aire fresco sin frío, dejo el escepticismo para otro momento y Majo me lee el I-Ching, sentados en el muelle público. Me salen todos sietes, que forman una figura archiequilibrada. Y en el libro esta figura corresponde al número 1 (el primer ítem): Lo Creativo. ¿Debería reirme de esto?
Con Victoria cruzamos el río deshinchado de un muelle a otro. Debido a que la inundación ya bajó, el terreno en el que estamos nosotros está podrido y pantanoso.
A la noche, siguiendo la pauta del día, Victoria me tira el tarot: estás en una tregua, pero debés romper estructuras familiares. ¿Es gracioso eso? Esteban, en su turno, se pone nervioso con lo que le dice e intenta disimularlo haciendo chistes. (¿Todo eso?)
No es volverse más ingenuo, es volverse menos cínico:
El tarot y el I-Ching -disciplinas que automáticamente me disparan una reacción antiesnob- pueden ayudar a pensar, pienso ahora, a acelerar la intuición; como dice Lawrence que funcionaba el pensamiento oracular. El oráculo no otra cosa más que un impulso al pensamiento. El pensar es empujado a un torbellino asociativo, hacia un huracán del cual saldrá la decisión o la idea buscada. Si tomásemos el tarot o el I-Ching en un sentido literal, no haríamos más que mentirnos. (Como se toma la astrología en los suplementos dominicales, o en general cualquier “cultura milenaria”.)
(¿El psicoanálisis es nuestro tarot “científico”?)
Cierta confusión viene de creer en la adivinación del futuro, y no en la interpretación del pasado. Tanto el I-Ching como el tarot se basan en la propia interpretación del propio pasado. Tal como lo hace el psicoanálisis. Cualquiera puede tomar el psicoanálisis en sentido literal y arruinarse la existencia, en tanto todo conocimiento es metafórico. Será por eso quizás que habitualmente, cuando un conocimiento toma forma en nosotros, sentimos que siempre lo supimos (leitmotiv: la ficción platónica de la Verdad que ya está en uno y debe nacer a través de la mayéutica -el parto-). Dado que accedemos -construimos, en realidad- al conocimiento por metáforas, el aprendizaje es una afinación o complejización del propio sistema metafórico, y no una acumulación de metáforas (ajenas). Si fuese una mera acumulación (información), no existiría dinamismo; en realidad, el conocimiento sería imposible dado que, ¿quién sería capaz de construir conocimiento alguno? Entonces, ¿cómo puedo siquiera pretender entenderme si no construyo yo mismo las metáforas que me explican? ¿Acaso hay alguien que posea la “información” que me detalla?
Tigre, 3 de enero
Estamos esperando la Interisleña en el muelle Los Aromos (porque llegaron los dueños de Dulce Rocío). Enfrente, en La Gaviota, hay un ultragordo que le da órdenes a su mujer para que compre en la lancha almacén. El río siguió bajando. Muchos troncos de muelles viejos y derruídos se asoman sofocados, intentando recuperarse del ahogo tras la crecida. Vemos cosas que ni imaginábamos estaban bajo el agua.