Un cana de guardia en la puerta de una fiesta pop conversa con los que cobran la entrada. (Tomo nota.) Sostiene que las penas deben ser iguales para todos. Hurto de $1: 5 años; de $1.000.000: 5 años. Habla. Habla. Habla. Alega que una mano firme reduce la delincuencia, porque «antes de hacer algo, la van a pensar». Y agrega, así de la nada, que un juez no puede ser homosexual. «¿Viste el juez Oyarbide? Estuvo en Espartacus y todo eso. Y no puede juzgar. Yo no tengo nada contra los homosexuales, pero cada uno en su lugar.» Nadie le responde nada; supongo que alguno de los tipos de seguridad está de acuerdo. Supongo que los que cobran la entrada no, guardan silencio de otra manera -¿más incómoda?-, pero tampoco dicen nada. Y entonces el cabo sigue hablando.
Hace un rato, y ahora otra vez, todos los que trabajan en la puerta se ríen de un gangoso al que no dejan entrar. Dicen que hace mucho bardo, que se pone cargoso con todo el mundo. Lo imitan y se ríen. Uno de seguridad ya lo echó hace una hora. El gangoso decía que iba a hablar con el jefe, porque era amigo de él.
Estoy “trabajando” en la escalera de entrada de la fiesta. Tomo e-mails de la gente que llega. Mi “trabajo” consiste en estar parado durante algunas horas repitiendo las mismas frases alrededor de trescientas o cuatrocientas veces, hasta que se llena el local (un sótano enorme sin salida de emergencia), y luego bajar a repartir comida gratis -cosa que sólo trae beneficios: todos toman más, pero se emborrachan menos (reduciéndose así el promedio de vómitos en baños ya pre-inundados); y creen que les salió más barato porque les regalaron cosas, y entonces vuelven el próximo fin de semana a comer gratis para poder pagar el trago-. El clima es frío y asquerosamente húmedo. Entra un falso punk.
Entran tres pibes con el mismo corte de pelo -ralo a los costados, cresta sutil- y el mismo gel. Son un mismo pibe en tres alturas distintas. No se deciden, miran los volantes, hacen preguntas por el precio.
(Escribo por el mero hecho de estar aburrido, y sorprendido, y hastiado, de pie durante horas en la puerta de LA FIESTA.)
Abajo, en la cocina adonde busco la comida para repartir entre gente desesperada por una porción de pizza gratis, trabaja un tipo de mi edad, pero lejano, lejano. Hasta hace poco sólo nos comunicábamos con gestos y mascullando: sí, esa bandeja, en la heladera, la cuchilla, no, esperá. Todos “los de abajo” -cocina y barra- son parientes. Del Chaco, me dijeron. Y también son parientes de los de seguridad. Es decir, una gran familia. Aunque no son parientes, claro, del dueño del local, quien vendrá cerca de la madrugada a contar el dinero de la caja, mirando con cara de jefe a todos -esa mueca ridícula de desprecio que a esta altura parece una parodia del Patrón Universal-, y como es sábado, separará los pesos que me corresponden por las dos noches semanales de trabajo.
(Entra un rubio medio gordo a buscar a otro organizador de la fiesta. Lo encontró. Salen. Volvió el poli, no sé cuándo se había ido.)
Desde hace unos meses ha ido tomando forma algo que conocía pero que nunca había experimentado con tanta sistematicidad como para entenderlo: lo agotador e insoportable que es trabajar para que otros se diviertan -al lado tuyo-. Es algo que siempre supe y viví a través de mi abuela -que trabaja en casas desde los 8 años hasta el presente-, pero pocas veces en forma directa. Trabajos anteriores me expusieron a relaciones insoportables de otro tipo. Encima, mi posición acá es supuestamente “intermedia”. No es igual a la de los de la cocina, ni a la de los de la puerta (ni a la del patrón, claro), porque yo me meto entre la gente y tengo que sonreírle y jugar a sus caprichos de sábado a la noche. Y si me eligieron para hacer eso es porque formo parte del target de los que vienen a esta fiesta -veintipico, clase media, “blanco”-. Y mientras pasan New Order al taco y sostengo la bandeja con ambas manos para que no se me caigan los pedazos de pre-pizza con queso derretido al piso de pinotea agujereado, una chica vestida de nena me dice: qué buen trabajo que tenés, es re-divertido; y me saca una foto con su cámara digital.
Buenos Aires, 28 de junio de 2003