Generación

15 09 2007

¿Hay un algo generacional? ¿Venimos a contar la nada, la playa, la pampa seca que parece este país hoy, 2002? Esta generación en la que estamos (delimitemos: hijos de los 70 supuestamente “cultos” de Buenos Aires) tiene su propia road movie y transcurre siempre en alguna playa de la Provincia de Buenos Aires. Costa Atlántica. Es una road movie quieta. Ahí, en el sopor de no hacer nada, de nada para/por hacer, de las vacaciones de enero, las playas parecen ser nuestro nuevo “desierto”; puede ser casi gracioso: las playas atlánticas funcionan como antes funcionaba para los del demasiado real siglo XX, y aún más para los del archi-mítico siglo XIX, la pampa. Cada siglo con su propia Tierra Prometida, su desierto para atravesar, poblar o recluírse.
Nuestro (paraíso) desierto: la vacación.

O como ayer (hoy) a la madrugada:
Los estertores de una reunión-cena de fin de año con ocho compañeros más un profesor. Estábamos en Plaza España -abierto las 24 horas- que está sobre Avenida de Mayo. A las doce y algo éramos cuatro estudiantes y el profesor:
Por momentos la situación era extraña, graciosa, decadente, horrible. Sobre todo después del décimo Vasco Viejo (había pasado antes un jerez de la casa). La conversación alternaba entre lo “soez” y lo “sublime” a cada minuto; es decir, un subibaja compuesto de guasca y frases sobre la creación y la vida en general. César, que estaba sentado al lado mío en la mesa redonda, se sacaba y se ponía los anteojos verdes cana-1982 (un rato se puso los negros de surfer del gordo), y me pedía que lo ayudara porque le temía al profesor.
Desde temprano, el gordo y Sebastián iban al baño de a uno a pitar un porro. Después ya pitaban en la mesa tapándose la boca y la tuca con las manos, como si estuvieran usando un escarbadientes. Ya a eso de las dos, creo, se pusieron a hablar en francés durante un rato. Sebastián se quedó colgado parodiando el acento y los gestos con su gran bocaza. Después el gordo tocó Adiós Nonino con su armónica y lo hizo callar una moza a pedido del encargado. Entonces ellos le pidieron que viniera el encargado, y el pobre vino (no sé si escuchó o no: todos decían «se parece a Faivel»). El armoniquista le preguntó el nombre a la moza -Gabriela- y le dedicó un tema. Salimos de ahí. El último en salir fue César que tardó mucho en el baño.
Caminamos un rato por Avenida de Mayo, nos detuvimos, pité un poco para soportarlos (era el único sobrio) y me reí unos momentos hasta que el profesor dejó de molestar a César para empezar a desubicarse conmigo («si sentís algo duro, relajate y disfrutá»). Fue todo bastante lamentable y divertido.
Pero esto está acá sólo para poder ambientar una frase del gordo; una frase que dijo cuando ya estábamos afuera, a las tres de la mañana, en Avenida de Mayo. No sé de qué hablaba con el profesor, iban juntos adelante. Le escuché decir: «es que nosotros nacimos con el campo muy libre, pero no sabemos para qué».
Me puso mal la revelación tan vieja y sabida. Volví a pensar en las playas y las vacaciones y la juventud supuestamente sosa por la que vamos. No puedo decir, ahora, más que eso: las playas de Miramar, Necochea, Monte Hermoso, Villa Gesell (jamás la citadina Mar del Plata, vale aclarar, a menos que sea invierno y la ciudad esté vacía de turistas).
La idea es: todo extenso, arena sucia y viento. El sol apenas importa en este asunto.
Nuestro sol es frío.

[Pienso en hacer una lista de escritores en los que rastrear aquello que intuyo generacional (la aparición reiterada del espacio vacacional o de ocio, ese aparente leitmotiv): algo de Marcelo Eckhardt, Romina Freschi, Gabriela Bejerman y sus prole boba, otros mil... Y también me nutro del “Nuevo-cine-argentino-joven-independiente”]

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2002

El ocio es una clave, pienso ahora (¿clave de clase, también?). Los nombres de algunas publicaciones literarias me aceleran el pensamiento: Nunca nunca quisiera irme a casa (y tener que irme de la disco o terminar las vacaciones), Te usamos la pileta (relación obvia), Plebella (inefable), Belleza y felicidad (…), Pisar el césped (rebeldía ingenua, como ellos mismos dicen: “transgredir la norma” en una plaza de Barrio Norte).
¿Y qué es todo este sopor, este transcurrir soso en una playa atlántica, melancólicos? Supongo que miedo. ¿A qué? Haríamos bien en preguntarnos eso.

(Apunto ahora: la melancolía es la forma sofocada del dolor, su límite tolerable; la hendija por la que apenas se cuela la -nuestra- tristeza desgarradora necesita ser abierta ya.)

Córdoba, 8 de octubre de 2004


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