Isla Martín García, 23 de mayo de 1999
He arribado en un container de jubilados.
Qué agudas las voces de las viejas.
Qué nada los viejos.
Isla Martín García, 24 de mayo a la mañana
Cementerio
Se oye la usina de la Isla.
Este cementerio (mientras escribo, el sol aparece entre las nubes plomizas, parpadea lento) fue fundado por el Gobernador de esta Isla, Capitán de Fragata Don Luis F. Casavega, sus pobladores agradecidos, julio 18 de 1899. Ya no hay sol.
Parece el único cementerio posible. Está muerto. Hay unas tumbas de esta década. ¿La primera del 1900? (No, 1899.) Nadie puede morirse acá. Ayer un carpintero campestre tomaba agua de la cima de una lápida, en la que hay una foto, como un gran camafeo. A su lado, veo la marca de otra imagen, que se perdió. Donde el carpintero bebía hay una cruz gris incrustada, torcida. Q.E.P.D. (Hoy ahí bebe un zorzal.)
Desarrollemos: hay dos luces: el sol parpadea.
Estornudo. Se oyen chimangos, cotorras, palomas. La usina. Una pareja de horneros a mis espaldas. Primera vez en el día en que el sol aparece entero. Ya no.
El terreno está ocupado por lápidas en dos o tres sectores, la mayor parte son árboles ordenados y pasto. Hay grupos de tumbas, muchas cruces. Ya no hay sol. Se oye clara la usina.
La contemplación de este cementerio no es nada.
Está quieto.
(Todos los cementerios lo están.)
Un chimango da un círculo en el aire. No lo veo.
Debajo de las tumbas, en el hornero,
no lo veo.
Estoy sentado en el monumento-cruz que fundó al cementerio. Julio 18.
(¿Cómo entrerozar mi juego de inscripciones con el pasto, el cementerio?)
(¿Cómo que siga siendo juego?)
Hay inscripciones (incisiones) en las lápidas. Hay en mi cuaderno. Debajo de las tumbas,
no lo creo / no lo veo
——————————————————————————————-
Leo muerte Cementerio, La Ilíada (leo)
o
leo basuras, o restos, o
mejor no sé, leo
pero en fin,
leo muertos.
Isla Martín García, 24 de mayo a la tarde
Un camino que no está en el mapa.
Esos caminos de dos surcos (o, si se prefiere, de un bulevar de pasto) de camioneta Ford. Lo tomé. Llevaba al basural de la Isla. Montones de gatos salían por todas partes. Algunos hilos de humo entre la basura. Montones de zorzales salían por todas partes. Al fondo, se veía apenas, por entre los arbustos, brillante, el río. A la izquierda, una senda. La seguí. Llevaba a una lagunita seca, verde. Llevaba también al río. Pero no, esos eran los juncales, la laguna encerrada por juncos. No era el río. Volví.
Del basural seguían saliendo gatos. Volví.
Los pájaros más fáciles de observar eran los zorzales. Los demás cantaban ocultos.
Demasiados zorzales ya.
Llegué al camino principal. Volví.
Ahora seis, siete zorzales. Mil cotorras chillando.
Nada más.
Pliegues o Lección de historia
Están preparando la zona urbana para los festejos del 25 de mayo. Banderitas de plástico, alternadas, de la provincia y de la nación. Una Ford Falcon Ranchera con dos banderas argentinas incrustadas sobre cada farol trasero aguarda, vacía y celeste, frente a la plaza, inclinada por la curva de la calle que cae hacia la vereda de una construcción colonial.
Isla Martín García, 25 de mayo a la tarde
El hombre que trabaja en el camping, Mario -acompañado por Héctor- estaba ahí cuando me iba. Me preguntó qué me llevaba de lo que había visto en la Isla. Conversamos.
Dejé la mochila en el piso y me senté en un banco. Lamenté un poco que esta familiaridad apareciese media hora antes de volver. La lancha ya estaba esperando. Mario dijo ser también de la zona sur. De Lanús. Yo, de José Mármol, le dije. En José Mármol, me contó, alrededor del ´50, él descargaba trenes -también en Guernica-, de contrabando, para evitar la confiscación en la Estación Buenos Aires. Papas o carbón. Habló de Monte Grande, de cuando era una alternativa para los tuberculosos que no podían pagarse una estadía en las sierras de Córdoba. Monte Grande parece que está como 25 metros más alto que Lanús. Comentó también que venían «con el viento», desde Carmelo, desde Uruguay, unos pájaros amarillos que se quedaban muy poco tiempo y nadie sabía nada de ellos. Contó además acerca del ruido de los pájaros carpintero -a Héctor uno no lo dejó dormir-, como si fueran hombres martillando. (Anteayer descubrí uno en el cementerio. Oí un repiqueteo seco, de inmediato alcé la vista y lo vi encaramado a una rama altísima: era un bataraz chico, de esos con plumaje estriado blanquinegro y nuca roja.)
Por último, dijo que hace mucho («años») que no ve ningún ciervo y que supuestamente, de haber, andan por la zona de la Reserva Estricta. Pero ayer YO VI UNO pasando delante del portón del cementerio. Así como apareció por la derecha, desapareció por la izquierda. No tenía cuernos y era gris. Trotaba.
Río de la Plata, 25 de mayo a la tarde
Una bandada de gaviotas cocineras volando hacia el este, y seis o siete caranchos en un islote, alrededor de un cadáver de oveja o de perro.