Parroquia

15 09 2007

En la entrada a una parroquia de Barrio Norte veía entrar a la gente. Disímiles, inesperados. Una señora paqueta que llega en taxi a misa. Un pelado de saco gris. Un hombre de bigotes y zapatos con taco (me recuerda a mi padre) que sale y prende un cigarrillo. Un chico de once o doce años que llega en bicicleta acompañado por su madre rubia, alta, de sobretodo negro, un poco renga. Se separan: el chico le pide al pelirrojo de la recepción de la Parroquia que le abra un lugar para guardar la bicicleta, la madre entra en la iglesia. Mientras, un cura de civil, de pelo muy blanco («níveo») conversa o en realidad sólo escucha a una señora de campera y permanente, sin elegancia, lavada. Antes y después, algunas mujeres más típicas de iglesia católica. Se las distingue por las caras atormentadas, blancas, adiposas, tristes y sin maquillaje.
Ahora pienso que quizás de tanto ser ateo olvidé la densidad del mundo religioso. De chico iba a la iglesia en ocasiones muy particulares. En realidad, fui con cierta recurrencia a dos iglesias: una protestante y otra católica. (Este contraste sin contrastes, relativizándolo todo, debe haber fomentado en parte mi ateísmo, sospecho ahora.) Por parte de mi abuela materna, heredé el luteranismo. Pero no llegué a practicarlo. Mis padres decidieron que no nos bautizarían ni a mi hermana ni a mí, alegando que nos dejarían elegir la religión cuando fuésemos grandes. Absurdo. Una religión no se escoge, se hereda por imposición o porque es el aire que se respira y punto. Ahora ya es muy tarde, pero mi abuela no se resigna, me regala una Biblia de Estudio -llena de notas al pie-, un libro de Catecismo Menor (de Martín Lutero) y me habla de su iglesia. Tiene tanto fervor, tanta vida puesta en eso que me produce admiración. Pero antes me hastiaba. Íbamos de vez en cuando a su iglesia, una comunidad descendiente de alemanes del Volga con poca descendencia dentro de la iglesia. A veces con mi hermana nos burlábamos de esa gente. Por suerte más tarde entendimos que no los entendíamos y ya.
La iglesia católica a la que fui de chico era la parroquia a la que iba un amigo mío. Si me quedaba la noche de un sábado en su casa, iba a misa el domingo con toda la familia. Yo detestaba esa parroquia. Sus feligreses me parecían aún más siomes que los de la iglesia de mi abuela. Por lo menos, en la de los alemanes, había un aire importante, longevo, campesino incluso, que le daba cierto espesor. Esta iglesia, en cambio, era citadina, superpoblada y encima de suburbio (Temperley), lo cual la hacía horrenda, aburguesada, de kermesse.
Un domingo, durante un sermón interminable, me puse a contar lentamente para pasar el tiempo. En cada centenar me sorprendía de seguir contando y que la voz del cura siguiera y siguiera monótona, habitando todas las cabezas y todos los ecos. Llegué como a 500. Al finalizar el sermón, se lo dije a mi amigo y se escandalizó: «¡No estabas escuchando!», me dijo indignado.
Y otro día, le comentó a sus padres mientras íbamos en el Fiat 147 de su familia: «¿Saben que le enseñé a Gabriel a hacer la señal de la cruz?». Y ahí nomás tuve que hacer la demostración práctica. Humillante. Lo desprecié. Hasta ese momento, me resultaba divertido y hasta fascinante hacer la señal de la cruz al pasar frente a una iglesia. Aunque sabía que no lo hacía con sentido, es decir, sintiéndolo, es decir, con fe; lo hacía por gusto y por ver que una señora lo hacía, que un señor lo hacía… era hacer algo importante, adulto y, por sobre todas las cosas, ajeno. Creo que lo exótico jugaba parte importante. Pero luego de ese día dejé de persignarme, y hoy todas las personas que veo que lo hacen -repitiendo ese gesto mecánico, con la mirada perdida, como autómatas- me producen cierto escozor.
Hubo una época en que todos mis compañeritos católicos, apostólicos y romanos del colegio primario tomaban la comunión y yo no. A pesar de sentirme “diferente” (y los otros se encargaban de hacérmelo sentir, claro -jamás me invitaban y encima, ¡algunos eran también, entre ellos, compañeros de catecismo!-), no creía que eso fuera algo realmente importante. A fin de cuentas, los protestantes me parecían más simpáticos, más “inteligentes”. Creo que basaba esa teoría simplista en la palabra “protestante”, que yo traducía en “inconformes”; es decir, en “críticos”. Más tarde descubriría que lo ignoraba todo acerca de esa “protesta”.
Pero estaba con lo de la Capilla/Parroquia: al rato de esperar a quien no llegaba, decidí entrar en la parroquia para dejar lo que había llevado hasta allí, un videocassette de una obra teatral. El pelirrojo recepcionista -un muchacho/hombre frágil- me dice que no lo conoce, pero que baje adonde está un grupo de teatro ensayando. Entro, bajo.
Y así, un mundo dentro de otro. En dos grandes salones divididos por puertas batientes, como de sala cinematográfica, muchos hombres y pocas mujeres, dispersos por todo el espacio, de pie. Varios con vestuario. Sobre una tarima, un “director” pelado, bajito, de saco y amanerado, dirige una escena entre dos hombres, libreto en mano. Uno de los actores tiene puesto un uniforme militar gris que no reconozco. Dice un texto: «miles de judíos estaban refugiados en nuestra parroquia». El director le corrige algo que no entiendo porque no alcanzo a oír. Observo todo desde el vano de la puerta, sin intenciones de entrar, tímido y maravillado con ese espacio ajeno y vital, espectacular y nuevo (y antiguo) para mí.
El uniformado repite el texto y se traba. El director corrige algo más. Un muchacho vestido de cura hojea un diario sentado en una especie de hueco enorme que hay en la pared opuesta. (Todos los demás están en sus cosas.) Otro muchacho, de barba, acicalado, llega desde el otro salón. Pienso si no será él quien tiene que recibir el video. No se me acerca. Me decido a entrar, sin ganas: quisiera poder quedarme observando ese trajín algo /ridículo y sublime/ de actores de parroquia citadina. Me dirijo hacia el único que está apartado (el falso cura que lee). En la mitad del trayecto, una voz me detiene. «¿Buscabas a alguien?». Es el director. Le digo que sí. Le digo a quién. No llegó. Sé que ahora todos me miran a mí. Yo soy por un instante el show, el ajeno de otro mundo.
Le encomiendo la entrega del cassette y me voy.
Estoy alegre. La alegría de conocer la punta minúscula de algo inmenso. O de recordar algo olvidado, una densidad irremediable y afortunadamente ajena; no para apropiarla, sino para comprender (y esta última palabra estalla hacia todoslados).

(En la vereda, otra voz me llama: «¡Maestro!». Es con quien me tenía que encontrar. No sé cómo se le ocurre que era yo, si no nos conocemos… ¿Intuición, fe? O aún estando en la puerta de la parroquia sigo siendo el extraño, y por lo tanto, el único que podía ser yo -un visitante que viene a traer algo-. Le explico todo y él entra a su ensayo. Me voy y garabateo todo esto en el 102 con entusiasmo.)

Buenos Aires, 18 de junio de 2004


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