Sueño con prólogos

15 09 2007

La protagonista de mi sueño era Salma Hayek, a quien antes de acostarme había visto en una publicidad televisiva de una película: The velocity of Gary. Publicidad que me hizo recordarla en esa película -que vi hace tiempo-, llevando una remera de Argentina ´78. Eso me hizo recordar, a su vez y también antes de acostarme, a Menotti y a sus dichos en el diario de ayer, a causa de los 25 años del campeonato mundial durante la dictadura (con su no tiene nada que ver una cosa con la otra, yo un profesional en darle alegría al pueblo). En mi sueño aparecía además Forrest Whitaker, a quien también había visto en otra publicidad por TV de una película, pero no recuerdo cuál. Lo que sí recuerdo es que me detuve en su párpado caído. El tercer personaje -que si bien sólo aparece al inicio del sueño, como una especie de prólogo, igualmente forma parte integrante- era Simón, un compañero de la escuela de cine.

Ahora bien, el sueño era así:
En el piso de una habitación alfombrada, Simón me pedía que tuviese cuidado con un objeto. Yo me acercaba y él me mostraba una cajita rectangular, que luego pasó a ser solamente una maderita con cosas arriba.
Simón me explicaba, con un tono que varió del reproche a la evocación, que allí conservaba los ojos y algunos huesos de su hermano muerto. Miré: había dos bolitas blancas sostenidas por diminutas columnas de algún material intermedio entre la cera y el pegamento. Había además un recipiente aún más pequeño, rectangular y de vidrio, en el que, enterrados en una arenilla gris, descansaban, ordenadas como una espina dorsal, pequeñas placas del tamaño de la yema de un dedo (eran blancas). En ese preciso momento o estaba una amiga estudiante de fotografía mirando fascinada eso, o yo pensaba que eso seguramente podría fascinarla. Hasta aquí, el prólogo al sueño.
La parte central comienza con Salma Hayek inquieta en el interior de una casa con techos altos. Está oscuro.
Mi primer punto de vista es desde atrás de una barra de antecocina. Veo a Forrest Withaker que se saluda en un pasillo con Salma Hayek. De súbito, está (no “aparece”, sino súbitamente “está”) la luz del sol entrando por las puertas altas del PH. Forrest tiene el pelo ondulado y largo hasta los hombros. Su párpado no está caído y parece más latino que negro. Salma ahora está contenta porque está con él. Entiendo que lo ama. Le habla. No sé qué dicen, no lo recuerdo.
Ellos están ahora sentados en el centro de la habitación, en dos sillas. Salma tiene a Forrest a su derecha. De pronto, algo cambia en el aire: hay una cabeza sin cuerpo, con una forma cercana a la de un triángulo isósceles. Rodea a la pareja, volando. Es verdosa. De la base de su cuello cuelgan incontables tubitos de colores, como cables. La cabeza da un rodeo por detrás. Salma se inquieta otra vez. La habitación se ensombrece. Salma mira a su derecha: no hay nadie. Todo ha sido una ilusión. Comprende ella y comprendo yo -gracias a esos arranques de repentino conocimiento que ocurren una y otra vez en los sueños- que Forrest nunca estuvo allí, que nunca hubo nadie cerca nuestro. Pero al punto esa idea vacila: en donde hasta recién estaba Forrest Withaker ahora hay un perro. Un perro grande y negro, echado.
Salma está asustada, porque otra vez hemos comprendido algo a un tiempo: Forrest está muerto, lo de recién fue sólo un buen recuerdo que estuvo con nosotros un instante. Y todo lo que sucede luego, de algún modo inexplicable, acaba por explicárnoslo.
Qué sucede luego: la cabeza voladora crece en tamaño, y ahora parece de goma espuma, de un verde dólar lavado. Se ha vuelto una cabeza esculpida: las líneas de la cara y el cabello son gruesos trozos de material verde. Las hendiduras son blancas, sucias. Tiene el aspecto de la cabeza de Washington salida de un billete de un dólar, materializada en goma espuma.
La cabeza deja de flotar y se recuesta con suavidad frente a Salma. Yo estoy ahora a su lado, o mejor dicho: veo lo que ella ve (aunque Salma sigue estando allí y sigue siendo la protagonista). La cabeza se posa, decía, y ahora es la cabeza del Che Guevara. Y en seguida es un montón de cabezas en blanco y negro que se sostienen entre sí armando una gran cabeza indefinida. Hablan todas al mismo tiempo. ¿Cómo se sostienen? Con los dientes, como en una mordida, algunos, como en un beso, otros. Hay algunas cabezas que están meramente apoyadas sobre otras. El blanco y negro es fílmico. Como si las cabezas de varios políticos (porque ahora son cabezas de políticos que no alcanzo a nombrar ya, perdidos los nombres en el olvido automático que es despertarse) hubiesen salido de distintas pantallas de muchos televisores o cines y en su reciente tridimensionalidad, conservaran indefectiblemente ese color y esa textura (esa superficie lisa/plana de la imagen lumínica).
Las cabezas de políticos repiten incansablemente y a coro: «¡El tercer huevo! ¡¡El tercer huevo!! ¡¡¡El tercer huevo!!!». Y con Salma, sin mirarnos, sólo estando ambos allí, entendemos que se trata de un conjuro, de una clave, de una profecía y de todo eso al mismo tiempo. Y por lo tanto, y vaya uno a saber por qué, también comprendemos -y éste es el último arranque de comprensión en nuestro sueño con Salma- que las cabezas parlantes hablan de la historia política de latinoamérica, y que por lo tanto -quién se atreve a dudarlo-, Forrest Withaker es un desaparecido de la última dictadura. Ahí termina el sueño, con ese «descubrimiento» me despierto.

Longchamps, 11 de julio de 2003


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