Anoche, en la cena, Mauricio contó un sueño. Cuando él estaba en cuarto grado, tenía una novia que se llamaba Karina Andrea Caligari. Y una noche soñó con ella: unos duendes-enanos se la llevaban de su lado tras una pelea muy dura. Los duendes le decían que la habían enterrado viva y que, para identificarla, habían puesto una tapita de crema de enjuague sobre la tierra que la cubría. Entonces Mauricio subía una colina en su búsqueda y del otro lado se topaba con un extensísimo campo cubierto de tapitas de crema de enjuague; pero como él conocía -no sabía cómo, pero lo conocía- el aroma del pelo de Karina Andrea Caligari, se ponía a oler todas y cada una de las tapitas-lápidas y encontraba la correspondiente a la tumba de su novia. Y cuando comenzaba a desenterrarla, y mientras oía los llamados de Karina Andrea Caligari desde bajo la tierra, sus primos lo despertaron.
«Y no pude desenterrarla», dijo.
Buenos Aires, 13 de julio de 2004