Introducción

15 09 2007

«Sé que lo que de noche escribo en estos cuadernos no es la verdad. O, al menos, no es toda la verdad, sino retazos, trozos de la vida aparente, de mi vida y la de los otros, que de pronto vuelven a narrarse. ¿Pero acaso la historia no es eso? Sólo un puñado de momentos lúcidos, iluminados, unas cuantas imágenes despedazadas. Lo importante sucede siempre en pocos segundos y todo lo demás es su proyección, cuando andamos a tientas, desperdiciándonos. Damos vueltas y vueltas y regresamos siempre al umbral, al mismo sitio, porque la vida no es la suma de años sino lo que realmente vivimos y el resto es puro pasar.»

(Héctor Tizón, La casa y el viento)





Apunte

15 09 2007

Una vez, en diciembre de 1999, me hice el poeta anotando en mi diario de viaje algunos carteles que veía en la ruta. Escribí: «Todas las cosas que leo y que nunca releeré. Carteles. Silos. Lonas. Cresta Roja. Motel.» Pasaba por Chivilcoy, yendo hacia Trenque Lauquen. Un mes después, en enero del 2000, cuando volví a viajar a Trenque Lauquen vi (y releí) aquellos carteles. Los recordé justamente porque los había anotado. Me sentí un imbécil, lo cual al poco tiempo me alegró.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2004





Leitmotiv

15 09 2007

En otro papel que ahora está perdido (porque estaba en un cuaderno que presté y creo no me devolverán) había escrito algo sobre los leitmotiv diarios -o a veces de varios días seguidos- / hace unos pocos días, el motivo fue la sangre: al mediodía saqué de la alacena un colador de aluminio que tenía, explotado, un manchón pringoso bordó oscuro; lo primero que entendí fue «sangre», pero como no tenía sentido, en menos de un segundo comprendí que se trataba de un frasco de dulce de ciruelas volcado al fondo de la alacena -pero la mancha viscosa me quedó grabada, retenida-. A la tarde, comí un poco de ese dulce, lo que me recordó la mancha y la «sangre». A la noche, en una vereda de la calle Moreno había una mancha de sangre, espesa y concretamente roja, más allá otro poco, raspado, como por una mano o un pie que tocó la mancha madre y luego friccionó más allá las baldosas, el cordón / ahora, en estos días, el leitmotiv ha sido Edgardo Antonio Vigo, el “artista” ése de quién aún no he visto nada pero por todos lados se me apareció: en publicaciones, en conversaciones, no importa -hoy leí una variación: «Jean Vigo» decía en un periódico- / otro día
había sido la violación: tres casos en un día (llamo «casos» a los hechos u objetos que construyen el motivo recurrente) / otros días fue el exilio: a España, sobre todo -pero éste sobrevuela como un leitmotiv general: no hay semana en la que alguien no me diga «tal viene de visita de España, está trabajando allá; aquel se va; ése se fue; hoy tengo una despedida a una amiga que»; así como también «yo soy descendiente de italianos / de españoles / de franceses / de alemanes» y las colas en las embajadas y los trámites; y todos relativizando, debido a su repentina incoveniencia, el sentimiento de nacionalidad (¿y por qué se van? ¿y a qué se van?); y recién por estos días aparece para mí en forma directa alguien que se va, Pablo, un amigo; hace años que lo vengo escuchando de rebote, constante pero ajeno, como si fuera algo de otra clase social («a Barcelona, claro»)
el EXILIO /
la muerte, otro leitmotiv /
y después está la cosa de hablar de poesía o política y literatura. Es tedioso cuando uno se instala en un pensamiento, acabo de notarlo. Hoy, por ejemplo, me cansé de mí mismo escuchándome hablar -fue un instante muy preciso que me abatió-: sostuve las mismas ideas (las mismas palabras) en cuatro diálogos diferentes, con cuatro interlocutores diferentes / no es que diga sería mejor cambiar de discurso, como si lo que uno piensa y sostiene fuera un traje oscuro y pesado que cada tanto hay que poner a orear -o cambiarlo por uno más actual-, sino sólo que me sentí estancado; crecí en mi pensamiento recién hoy, tarde, cuando me desligué de la maraña de pensamientos/acciones que corresponden para moverse en la «vida cultural», al intentar sumergirme en esto que está corriendo ahora por mi familia: la muerte próxima de una hermana de mi abuela (Tía Poli). Hablamos con ella (con mi abuela): tiene miedo. (Me conmueven más que nadie en el mundo mis abuelas indefensas: sin esa inteligencia de consultorio y sistema educativo nacional que tenemos las generaciones posteriores, esa conciencia mentirosamente «fuerte».)
y otro leitmotiv: el 17 de mayo mi padre cumplió 56, lo festejó el sábado 18 y el martes siguiente murió / el (sábado) 17 de agosto la tía Poli cumplió 81 y el martes siguiente la internaron (dicen que es terminal, aún hay que ver: «mañana sabremos»)
El leitmotiv, por si no se entiende -sé que es un poco forzado- , es: 17-cumpleaños-muerte-martes (y el 17 es “la desgracia” en la quiniela)
entonces ya tenemos: (hagamos el inventario)
el EXILIO
la MUERTE
y el otro leitmotiv, por supuesto: «crisis social». No conozco otro país -otro mundo- más que uno en estado perpetuamente crítico.
El leitmotiv: la repetición, método elemental para el pensamiento. Lo parecido pero diferente que se repite igual aunque distinto. El leitmotiv de un día: ¿lo construyo para escribirlo?

Buenos Aires, madrugada del 26 de agosto de 2002

Encontré una hoja en la que escribí, el 27 de abril de 2002:
«Tomar un eje. Por ejemplo: la violación sexual. Ayer, caigo en la cuenta y me sorprende, un eje posible -arbitrario-, la violación.» Ahí empezó el leitmotiv.
Y sigo leyendo: «Primero, a eso de las 17, vi una película de un ruso», se llamaba, recuerdo ahora “Un lugar en el mundo”, y el director era Aristakjan ; «en la película», anoté, «un chino joven y exilado era abordado, violado, por una mujer rusa en medio de una habitación en ruinas, atestada de cripples-hippies. Más adelante, el chino se obsesiona con ella. A eso de las 21, antes de comenzar con la función de la obra de teatro en el Parque Avellaneda» (por esos días estaba actuando en ese Parque) «la Turca, Facundo y Tati se reían a los gritos cerca nuestro. Nosotros, vestidos de monjes, en ronda, hacíamos chistes sobre la violación de la Justicia (que era el personaje, en zancos, de la Turca). Y después, en el bar, a las 2 de la mañana, Ariel se preguntaba sobre cómo cómo cómo un violador, etc. Si puede coger normal o no. Algunas anécdotas entonces, como la de la piba del cajero automático, el paseo por la calle y el intento de violación por un tipo impotente tras unos arbustos a las siete de la tarde en el barrio de Belgrano.»
«Y lo último.», escribí, «En algún momento incierto de la mañana de hoy, un sueño con tres chicas chicas (¿quince, dieciséis años?) que se me acercan, me tironean, me dicen cosas que no recuerdo. Una violación suave. Y la sensación de no saber si sí o si no.»
Un leitmotiv.

Buenos Aires, 17 de febrero de 2003

Hoy, en unas 12 horas, se irá Pablo a España. A Barcelona, en realidad. Recién estábamos en el bar, todos. Algunos estábamos violentos.
A las 9.30 nos encontraremos en lo de Ariel para ir a buscar a Pablo y luego, a Ezeiza. Todo esto es una mierda. Pablo no sabe qué hacer. Ninguno de nosotros sabe qué hacer.

Buenos Aires, madrugada del 8 de octubre de 2002

Ya se fue.
El Aeropuerto de Ezeiza es un lugar lleno de gente horrenda. Todos aquellos tipos vestidos con camisas rosadas, remeras Lacoste y demás. Ariel estaba vestido como ellos. Era, de algún extraño modo, gracioso, porque él detesta a esa población. Toda esa clase de gente que circula por la vida rodeada de empleados («señor, ¿le llevo el carrito?») por ámbitos asépticos como el nuevo aeropuerto/

¡Ya no hay cemento! A las construcciones que en nuestra imaginación forman parte de “lo público”, no se les ve cemento. Ni piedra. Todo metal, vidrio, plástico. Podrían no estar, fueron levantadas anteayer.
La parte vieja del aeropuerto, en cambio, son bloques enormes de concreto o no sé qué material monumental, edificios que parecen gritar ¡obra pública! ¡plan quinquenal! O algo en mayor o menor medida “político” (en ese sentido amplio y vago que aprendimos). El “Aeropuerto Argentina 2000”, no. Está hecho para los treinta y tres ciudadanos del mundo que se funden en el glamour medio border de Penélope Cruz asomándose tras un frasco de perfume. (Y detrás, los empleados.)

/vi llorar a Ariel. Y a Pablo. Al Bota. Y a Mariano. (Éramos cinco.) La palabra es así de grande: EXILIO. Y para colmo, un exilio soso. Ni siquiera el exilio épico que mamamos desde nuestra cuna argentina. (¿Hace falta explicarlo? Los exiliados políticos desde 1811 hasta 1982. ÉSE leitmotiv.) Ahora es todo como más liviano, y por eso mismo angustia por el vacío que no llena. Plena huída sin ser “echado”. No viene al caso la comparación en términos de mejor o peor, ni de riesgos. No viene al caso la comparación, directamente. Es nada más que eso: un exilio hacia la nada, desde la nada. (¿A qué se va? ¿Por qué se va? Una hipótesis sociológica no me interesa ni me alcanza en este momento.)
Ahora debe estar sobre el Atlántico, o Uruguay o Brasil. (Hace escala en San Pablo, luego en Lisboa y después, Barcelona.) En realidad, no sé adónde debe estar ahora.
Todos vamos a escribir cartas. ¡Resurreción de un género!
(Y mientras tanto pienso: todo esto es una mierda -lo que escribo, lo que hay, lo -, to )

Buenos Aires, 8 de octubre de 2002

Cuando regresamos de Ezeiza invité al Bota a almorzar. Ninguno de los dos quería quedarse solo. Hablamos todo el tiempo. Ya de noche, llamé a Ariel. Me contó que estuvo todo el día con la cabeza ocluída, estallada, como yo. Extrañadísimos todos y sin siquiera entenderlo. ¿Qué estaba pasando?

Buenos Aires, 9 de octubre de 2002





Generación

15 09 2007

¿Hay un algo generacional? ¿Venimos a contar la nada, la playa, la pampa seca que parece este país hoy, 2002? Esta generación en la que estamos (delimitemos: hijos de los 70 supuestamente “cultos” de Buenos Aires) tiene su propia road movie y transcurre siempre en alguna playa de la Provincia de Buenos Aires. Costa Atlántica. Es una road movie quieta. Ahí, en el sopor de no hacer nada, de nada para/por hacer, de las vacaciones de enero, las playas parecen ser nuestro nuevo “desierto”; puede ser casi gracioso: las playas atlánticas funcionan como antes funcionaba para los del demasiado real siglo XX, y aún más para los del archi-mítico siglo XIX, la pampa. Cada siglo con su propia Tierra Prometida, su desierto para atravesar, poblar o recluírse.
Nuestro (paraíso) desierto: la vacación.

O como ayer (hoy) a la madrugada:
Los estertores de una reunión-cena de fin de año con ocho compañeros más un profesor. Estábamos en Plaza España -abierto las 24 horas- que está sobre Avenida de Mayo. A las doce y algo éramos cuatro estudiantes y el profesor:
Por momentos la situación era extraña, graciosa, decadente, horrible. Sobre todo después del décimo Vasco Viejo (había pasado antes un jerez de la casa). La conversación alternaba entre lo “soez” y lo “sublime” a cada minuto; es decir, un subibaja compuesto de guasca y frases sobre la creación y la vida en general. César, que estaba sentado al lado mío en la mesa redonda, se sacaba y se ponía los anteojos verdes cana-1982 (un rato se puso los negros de surfer del gordo), y me pedía que lo ayudara porque le temía al profesor.
Desde temprano, el gordo y Sebastián iban al baño de a uno a pitar un porro. Después ya pitaban en la mesa tapándose la boca y la tuca con las manos, como si estuvieran usando un escarbadientes. Ya a eso de las dos, creo, se pusieron a hablar en francés durante un rato. Sebastián se quedó colgado parodiando el acento y los gestos con su gran bocaza. Después el gordo tocó Adiós Nonino con su armónica y lo hizo callar una moza a pedido del encargado. Entonces ellos le pidieron que viniera el encargado, y el pobre vino (no sé si escuchó o no: todos decían «se parece a Faivel»). El armoniquista le preguntó el nombre a la moza -Gabriela- y le dedicó un tema. Salimos de ahí. El último en salir fue César que tardó mucho en el baño.
Caminamos un rato por Avenida de Mayo, nos detuvimos, pité un poco para soportarlos (era el único sobrio) y me reí unos momentos hasta que el profesor dejó de molestar a César para empezar a desubicarse conmigo («si sentís algo duro, relajate y disfrutá»). Fue todo bastante lamentable y divertido.
Pero esto está acá sólo para poder ambientar una frase del gordo; una frase que dijo cuando ya estábamos afuera, a las tres de la mañana, en Avenida de Mayo. No sé de qué hablaba con el profesor, iban juntos adelante. Le escuché decir: «es que nosotros nacimos con el campo muy libre, pero no sabemos para qué».
Me puso mal la revelación tan vieja y sabida. Volví a pensar en las playas y las vacaciones y la juventud supuestamente sosa por la que vamos. No puedo decir, ahora, más que eso: las playas de Miramar, Necochea, Monte Hermoso, Villa Gesell (jamás la citadina Mar del Plata, vale aclarar, a menos que sea invierno y la ciudad esté vacía de turistas).
La idea es: todo extenso, arena sucia y viento. El sol apenas importa en este asunto.
Nuestro sol es frío.

[Pienso en hacer una lista de escritores en los que rastrear aquello que intuyo generacional (la aparición reiterada del espacio vacacional o de ocio, ese aparente leitmotiv): algo de Marcelo Eckhardt, Romina Freschi, Gabriela Bejerman y sus prole boba, otros mil... Y también me nutro del “Nuevo-cine-argentino-joven-independiente”]

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2002

El ocio es una clave, pienso ahora (¿clave de clase, también?). Los nombres de algunas publicaciones literarias me aceleran el pensamiento: Nunca nunca quisiera irme a casa (y tener que irme de la disco o terminar las vacaciones), Te usamos la pileta (relación obvia), Plebella (inefable), Belleza y felicidad (…), Pisar el césped (rebeldía ingenua, como ellos mismos dicen: “transgredir la norma” en una plaza de Barrio Norte).
¿Y qué es todo este sopor, este transcurrir soso en una playa atlántica, melancólicos? Supongo que miedo. ¿A qué? Haríamos bien en preguntarnos eso.

(Apunto ahora: la melancolía es la forma sofocada del dolor, su límite tolerable; la hendija por la que apenas se cuela la -nuestra- tristeza desgarradora necesita ser abierta ya.)

Córdoba, 8 de octubre de 2004





Apuntes sobre una fiesta

15 09 2007

Un cana de guardia en la puerta de una fiesta pop conversa con los que cobran la entrada. (Tomo nota.) Sostiene que las penas deben ser iguales para todos. Hurto de $1: 5 años; de $1.000.000: 5 años. Habla. Habla. Habla. Alega que una mano firme reduce la delincuencia, porque «antes de hacer algo, la van a pensar». Y agrega, así de la nada, que un juez no puede ser homosexual. «¿Viste el juez Oyarbide? Estuvo en Espartacus y todo eso. Y no puede juzgar. Yo no tengo nada contra los homosexuales, pero cada uno en su lugar.» Nadie le responde nada; supongo que alguno de los tipos de seguridad está de acuerdo. Supongo que los que cobran la entrada no, guardan silencio de otra manera -¿más incómoda?-, pero tampoco dicen nada. Y entonces el cabo sigue hablando.
Hace un rato, y ahora otra vez, todos los que trabajan en la puerta se ríen de un gangoso al que no dejan entrar. Dicen que hace mucho bardo, que se pone cargoso con todo el mundo. Lo imitan y se ríen. Uno de seguridad ya lo echó hace una hora. El gangoso decía que iba a hablar con el jefe, porque era amigo de él.
Estoy “trabajando” en la escalera de entrada de la fiesta. Tomo e-mails de la gente que llega. Mi “trabajo” consiste en estar parado durante algunas horas repitiendo las mismas frases alrededor de trescientas o cuatrocientas veces, hasta que se llena el local (un sótano enorme sin salida de emergencia), y luego bajar a repartir comida gratis -cosa que sólo trae beneficios: todos toman más, pero se emborrachan menos (reduciéndose así el promedio de vómitos en baños ya pre-inundados); y creen que les salió más barato porque les regalaron cosas, y entonces vuelven el próximo fin de semana a comer gratis para poder pagar el trago-. El clima es frío y asquerosamente húmedo. Entra un falso punk.
Entran tres pibes con el mismo corte de pelo -ralo a los costados, cresta sutil- y el mismo gel. Son un mismo pibe en tres alturas distintas. No se deciden, miran los volantes, hacen preguntas por el precio.
(Escribo por el mero hecho de estar aburrido, y sorprendido, y hastiado, de pie durante horas en la puerta de LA FIESTA.)
Abajo, en la cocina adonde busco la comida para repartir entre gente desesperada por una porción de pizza gratis, trabaja un tipo de mi edad, pero lejano, lejano. Hasta hace poco sólo nos comunicábamos con gestos y mascullando: sí, esa bandeja, en la heladera, la cuchilla, no, esperá. Todos “los de abajo” -cocina y barra- son parientes. Del Chaco, me dijeron. Y también son parientes de los de seguridad. Es decir, una gran familia. Aunque no son parientes, claro, del dueño del local, quien vendrá cerca de la madrugada a contar el dinero de la caja, mirando con cara de jefe a todos -esa mueca ridícula de desprecio que a esta altura parece una parodia del Patrón Universal-, y como es sábado, separará los pesos que me corresponden por las dos noches semanales de trabajo.
(Entra un rubio medio gordo a buscar a otro organizador de la fiesta. Lo encontró. Salen. Volvió el poli, no sé cuándo se había ido.)
Desde hace unos meses ha ido tomando forma algo que conocía pero que nunca había experimentado con tanta sistematicidad como para entenderlo: lo agotador e insoportable que es trabajar para que otros se diviertan -al lado tuyo-. Es algo que siempre supe y viví a través de mi abuela -que trabaja en casas desde los 8 años hasta el presente-, pero pocas veces en forma directa. Trabajos anteriores me expusieron a relaciones insoportables de otro tipo. Encima, mi posición acá es supuestamente “intermedia”. No es igual a la de los de la cocina, ni a la de los de la puerta (ni a la del patrón, claro), porque yo me meto entre la gente y tengo que sonreírle y jugar a sus caprichos de sábado a la noche. Y si me eligieron para hacer eso es porque formo parte del target de los que vienen a esta fiesta -veintipico, clase media, “blanco”-. Y mientras pasan New Order al taco y sostengo la bandeja con ambas manos para que no se me caigan los pedazos de pre-pizza con queso derretido al piso de pinotea agujereado, una chica vestida de nena me dice: qué buen trabajo que tenés, es re-divertido; y me saca una foto con su cámara digital.

Buenos Aires, 28 de junio de 2003





Parroquia

15 09 2007

En la entrada a una parroquia de Barrio Norte veía entrar a la gente. Disímiles, inesperados. Una señora paqueta que llega en taxi a misa. Un pelado de saco gris. Un hombre de bigotes y zapatos con taco (me recuerda a mi padre) que sale y prende un cigarrillo. Un chico de once o doce años que llega en bicicleta acompañado por su madre rubia, alta, de sobretodo negro, un poco renga. Se separan: el chico le pide al pelirrojo de la recepción de la Parroquia que le abra un lugar para guardar la bicicleta, la madre entra en la iglesia. Mientras, un cura de civil, de pelo muy blanco («níveo») conversa o en realidad sólo escucha a una señora de campera y permanente, sin elegancia, lavada. Antes y después, algunas mujeres más típicas de iglesia católica. Se las distingue por las caras atormentadas, blancas, adiposas, tristes y sin maquillaje.
Ahora pienso que quizás de tanto ser ateo olvidé la densidad del mundo religioso. De chico iba a la iglesia en ocasiones muy particulares. En realidad, fui con cierta recurrencia a dos iglesias: una protestante y otra católica. (Este contraste sin contrastes, relativizándolo todo, debe haber fomentado en parte mi ateísmo, sospecho ahora.) Por parte de mi abuela materna, heredé el luteranismo. Pero no llegué a practicarlo. Mis padres decidieron que no nos bautizarían ni a mi hermana ni a mí, alegando que nos dejarían elegir la religión cuando fuésemos grandes. Absurdo. Una religión no se escoge, se hereda por imposición o porque es el aire que se respira y punto. Ahora ya es muy tarde, pero mi abuela no se resigna, me regala una Biblia de Estudio -llena de notas al pie-, un libro de Catecismo Menor (de Martín Lutero) y me habla de su iglesia. Tiene tanto fervor, tanta vida puesta en eso que me produce admiración. Pero antes me hastiaba. Íbamos de vez en cuando a su iglesia, una comunidad descendiente de alemanes del Volga con poca descendencia dentro de la iglesia. A veces con mi hermana nos burlábamos de esa gente. Por suerte más tarde entendimos que no los entendíamos y ya.
La iglesia católica a la que fui de chico era la parroquia a la que iba un amigo mío. Si me quedaba la noche de un sábado en su casa, iba a misa el domingo con toda la familia. Yo detestaba esa parroquia. Sus feligreses me parecían aún más siomes que los de la iglesia de mi abuela. Por lo menos, en la de los alemanes, había un aire importante, longevo, campesino incluso, que le daba cierto espesor. Esta iglesia, en cambio, era citadina, superpoblada y encima de suburbio (Temperley), lo cual la hacía horrenda, aburguesada, de kermesse.
Un domingo, durante un sermón interminable, me puse a contar lentamente para pasar el tiempo. En cada centenar me sorprendía de seguir contando y que la voz del cura siguiera y siguiera monótona, habitando todas las cabezas y todos los ecos. Llegué como a 500. Al finalizar el sermón, se lo dije a mi amigo y se escandalizó: «¡No estabas escuchando!», me dijo indignado.
Y otro día, le comentó a sus padres mientras íbamos en el Fiat 147 de su familia: «¿Saben que le enseñé a Gabriel a hacer la señal de la cruz?». Y ahí nomás tuve que hacer la demostración práctica. Humillante. Lo desprecié. Hasta ese momento, me resultaba divertido y hasta fascinante hacer la señal de la cruz al pasar frente a una iglesia. Aunque sabía que no lo hacía con sentido, es decir, sintiéndolo, es decir, con fe; lo hacía por gusto y por ver que una señora lo hacía, que un señor lo hacía… era hacer algo importante, adulto y, por sobre todas las cosas, ajeno. Creo que lo exótico jugaba parte importante. Pero luego de ese día dejé de persignarme, y hoy todas las personas que veo que lo hacen -repitiendo ese gesto mecánico, con la mirada perdida, como autómatas- me producen cierto escozor.
Hubo una época en que todos mis compañeritos católicos, apostólicos y romanos del colegio primario tomaban la comunión y yo no. A pesar de sentirme “diferente” (y los otros se encargaban de hacérmelo sentir, claro -jamás me invitaban y encima, ¡algunos eran también, entre ellos, compañeros de catecismo!-), no creía que eso fuera algo realmente importante. A fin de cuentas, los protestantes me parecían más simpáticos, más “inteligentes”. Creo que basaba esa teoría simplista en la palabra “protestante”, que yo traducía en “inconformes”; es decir, en “críticos”. Más tarde descubriría que lo ignoraba todo acerca de esa “protesta”.
Pero estaba con lo de la Capilla/Parroquia: al rato de esperar a quien no llegaba, decidí entrar en la parroquia para dejar lo que había llevado hasta allí, un videocassette de una obra teatral. El pelirrojo recepcionista -un muchacho/hombre frágil- me dice que no lo conoce, pero que baje adonde está un grupo de teatro ensayando. Entro, bajo.
Y así, un mundo dentro de otro. En dos grandes salones divididos por puertas batientes, como de sala cinematográfica, muchos hombres y pocas mujeres, dispersos por todo el espacio, de pie. Varios con vestuario. Sobre una tarima, un “director” pelado, bajito, de saco y amanerado, dirige una escena entre dos hombres, libreto en mano. Uno de los actores tiene puesto un uniforme militar gris que no reconozco. Dice un texto: «miles de judíos estaban refugiados en nuestra parroquia». El director le corrige algo que no entiendo porque no alcanzo a oír. Observo todo desde el vano de la puerta, sin intenciones de entrar, tímido y maravillado con ese espacio ajeno y vital, espectacular y nuevo (y antiguo) para mí.
El uniformado repite el texto y se traba. El director corrige algo más. Un muchacho vestido de cura hojea un diario sentado en una especie de hueco enorme que hay en la pared opuesta. (Todos los demás están en sus cosas.) Otro muchacho, de barba, acicalado, llega desde el otro salón. Pienso si no será él quien tiene que recibir el video. No se me acerca. Me decido a entrar, sin ganas: quisiera poder quedarme observando ese trajín algo /ridículo y sublime/ de actores de parroquia citadina. Me dirijo hacia el único que está apartado (el falso cura que lee). En la mitad del trayecto, una voz me detiene. «¿Buscabas a alguien?». Es el director. Le digo que sí. Le digo a quién. No llegó. Sé que ahora todos me miran a mí. Yo soy por un instante el show, el ajeno de otro mundo.
Le encomiendo la entrega del cassette y me voy.
Estoy alegre. La alegría de conocer la punta minúscula de algo inmenso. O de recordar algo olvidado, una densidad irremediable y afortunadamente ajena; no para apropiarla, sino para comprender (y esta última palabra estalla hacia todoslados).

(En la vereda, otra voz me llama: «¡Maestro!». Es con quien me tenía que encontrar. No sé cómo se le ocurre que era yo, si no nos conocemos… ¿Intuición, fe? O aún estando en la puerta de la parroquia sigo siendo el extraño, y por lo tanto, el único que podía ser yo -un visitante que viene a traer algo-. Le explico todo y él entra a su ensayo. Me voy y garabateo todo esto en el 102 con entusiasmo.)

Buenos Aires, 18 de junio de 2004





Revelación difusa

15 09 2007

La sensación cuando me despertó hoy muy temprano el teléfono: creí haber dado con la bisagra “material” de los sueños, la que los une al pensamiento “consciente” de la vigilia: una sucesión de bucles de palabras, razonamientos, ideas valorativas que iban glosando por lo bajo, como un murmullo, toda la acción que acontecía en el sueño de ese momento (incluso las palabras dichas). Los bucles como velcro que une mi cuerpo -y la vigilia- con la materia grisácea del sueño, interpretándolo.

Buenos Aires, 12 de diciembre de 2004