Necochea, 5 de enero de 2004
Llegamos a las 8.
Fuimos al Parque Lillo, centro del Festival. Averiguamos. Nos mandaron al hotel Las Nieves. Dejamos las mochilas. Volvimos al parque, nos informaron acerca de las funciones (tenemos función todos los días salvo hoy). Miramos los espacios: las dos carpas y el anfiteatro. Fuimos a la playa. Nos metimos en el mar. Advertí que hacía mucho que no me metía en el mar. Un cambio de humor repentino. Óptimo. Fuimos a almorzar a Su Cantina, gracias a los vauchers que nos entregaron. Más tarde, ensayaremos y resolveremos el tema de la escenografía. Luego veremos un par de obras.
(En el micro coincidimos con otro grupo, pero nos evitamos de la manera más infantil. Ni aún cuando llegamos a la terminal nos acercamos más que para saludarnos formalmente -porque ahí ya no cabía duda de que éramos “colegas”-.)
Necochea, 7 de enero
No quiero escribir sobre las obras.
No quiero escribir anécdotas. No le encuentro sentido.//
El tiempo está húmedo, pesado, bochornoso, nublado. En media hora nos encontraremos en el restaurante Su Cantina, adonde nos corresponde almorzar y cenar todos los días.//
Y ahora, ¿apuntar la conversación de hoy más temprano con un director titiritero del GBA-Oeste sobre estrategias, carreras y recorridos teatrales con sus cruces políticos -clientelistas- problemas y subsidios e institutos de cultura y teatro nacionales y provinciales?
¿consignar que un grupo que hoy se va -por razones que desconozco- organizó anoche muy tarde una suerte de peña, yo dormía ya, fue como a las 2 o las 3?
¿relatar que soñé que Esteban y Laura -dos actores del grupo- me “regalaban” un clon de mi viejo -que murió hace más de un año y medio- y yo enloquecía (como nunca enloquecía, como nunca jamás me angustié y desesperé en un sueño) y llegaba mi vieja y yo le contaba lo que pasaba y se lo quería mostrar -ella, claro, indignada-?
¿agregar que al final del sueño un amigo actor-famoso, molesto por algo, por algún sentimiento de culpa, algún odio contra la gente que lo rodeaba circulando (sólo circulando) en una esquina, arrojaba un bidón explosivo contra un edificio vecino al edificio en el que yo estaba y todo se derrumbaba, yo me cubría la cabeza con las manos y a pesar de mi susto, angustiado, lo comprendía y creía/pensaba que había hecho bien?
¿incluir que acaba de sentarse Laura en el banco de plaza en el que estoy -ella llega de la playa- y como no le hablo porque sigo escribiendo se pone a leer?
¿señalar que en la carpa 2, adonde hicimos la función, quedamos ensopados por el calor de las doscientas o más personas que la inundaron?
¿y que después de nosotros fermentó un musical infantil con más almíbar que un mar de almíbar y dos cucharadas de azúcar -todos los actores jóvenes de 20 o menos, de una escuela de comedia musical-?
¿o tal vez que la mejor obra que vi hasta ahora en este festival infantil es decididamente más disfrutable por adultos?
Qué elegir. Qué anotar.
¿que ayer discutimos -todos, el grupo- un poco sin sentido?
¿que cada uno de nosotros, a su tiempo, sacó lo más idiota de sí mismo?
(La función pasó y ya en la cena estuvimos de perfecto humor nuevamente.)
Son demasiadas cosas. Todo se siente trabado. Este espacio ideal de “Festival de Teatro Infantil” -aparentemente ideal a priori para nosotros- no funciona. Creo que imaginábamos que veníamos a una panacea de “intercambio cultural” que no resultó así. Estamos atorados. Es nuestro tercer día acá y todavía no entablamos relación más o menos fluida con ningún otro grupo. Y la organización es como un fantasma. /Una institución despersonalizada./ No conocemos a nadie. Nadie nos conoce.
Necochea, 8 de enero de 2004
Necochea: nunca vi tantos niños trabajando con y para sus padres: el mariachi, el tecladista, el hijo de la dueña del hotel, el canillita, etcétera.
Necochea: un padre le dice a su hija de cinco años: «Desobediente. Eso es lo que sos: una desobediente». La nena va de la mano de su madre con un molinete. La mirada al frente. El padre va detrás. El ritmo de las frases se me hace insoportable: «desobediénte / éso es lo que sós / úna desobediénte». La nena parece no sentir nada, a fuerza de sentir. Camina erguida mientras las palabras se le clavan en la nuca.
Necochea, 9 de enero
Mientras ensayábamos en el Parque Lillo, dos nenas se nos acercaron para decirnos que habían visto la obra dos veces y que la querían ver otra vez. Nos dijeron que la nuestra es la mejor obra y que vamos a ganar el concurso. El detalle es que en esta edición del festival no hay concurso. //
Estoy en la “confitería” del ACA frente al mar. Un té cuesta un peso. Vengo de un breve paseo por la costa helada y ventosa. Me molestó advertir la melancolía obligatoria de la playa vacía y decidí subir a la costanera para meterme en algún bar. De esta confitería parece brotar la quintaesencia de una vacación familiar clase media de la década del 80. La ciudad familiar (familiar en sus dos acepciones más corrientes), con sus parejas jóvenes, con sus niños y sus jubilados, me rodea / me envuelve. Pero ya no formo parte de esta marea vieja y marchita. Un espacio sólo posible cuando era un chico. El día está plomizo.
Necochea, 10 de enero
Ayer tuvimos el día libre. Se suspendió la función de anoche -que iba a ser en el anfiteatro- por el mal tiempo. Vimos entonces dos obras: una de títeres de cachiporra y otra de “luces” -luces que atravesaban discos y figuras de colores traslúcidos-, en la que performeaban una chica y un tipo trulados, chiflados, ingenuos, geniales. Era la historia de La Noche, que estaba al otro lado de un río que ningún hombre había cruzado, guardada como un lujo (un tesoro) dentro de un coco -un cofre del dios Gran Serpiente-. El coco se abría y con La Noche aparecían -llegaban- los animales a este lado del río. En la carpa la gente se iba, agobiada por el calor o desorientada por el delirio de las imágenes; todo era hilarante y naïve, fascinoso y raro.
En la obra de títeres de cachiporra, en cambio, el verdadero espectáculo eran los chicos. La obra era lo de siempre: persecuciones, golpes, y títeres escondidos que se asoman o que no se ven entre sí, con todas las tensiones y distensiones harto estudiadas. Los chicos deliraban, aullaban, gritaban, se subían a las sillas desesperados porque el diablo iba a golpear a la chica. Y repetían a coro: «los cabellos, María, los cabellos», un texto-leitmotiv que muy pronto anticipaban y gozaban al decirlo, gritarlo, berrearlo.//
Después de cenar en Su cantina, salimos, caminando contra el viento cada vez más fuerte, con un grupo de actores del que nos hicimos amigos. Fuimos al Casino: está detenido en 1979. Hay incluso gente dentro que vive así -se mueve así, pestanea así-, son 1979, en el Casino de Necochea. Una lámpara fastuosa, enorme, tubular, de caireles romboidales, como cuellos de botellitas de coca-cola invertidos y pegados entre sí, cuelga en la entrada, antes de subir las escaleras.
Uno de los del otro grupo ganó 50 pesos en la ruleta. Los demás parecíamos pungas, recorriendo las mesas sin jugar, sonrientes, fascinados con ese mundo extraño y reseco. El campeón había puesto la primera ficha en el 33 y ganó pleno. Después puso algunas más y perdió. Decidimos que bastaba con 50 pesos y nos fuimos. Terminamos en una boite, para seguir con el setentismo atroz olmediano, llamada Ufa.
(Salimos a eso de las 5, y en una panadería, esperando por las facturas, nos encontramos con la chica del teatro de luces y su novio. Parecían borrachos o fumados. Nos reíamos todos. Contaron que intentaron ayudar a un chico que lloraba desconsolado, en una especie de ataque de pánico. Yo lo llevé hasta su hotel -eran varias cuadras-, pero no había nadie. No podía dejarlo solo, así que volvimos adonde nos habíamos encontrado. En eso el chico ve una pizzería y me dice como si nada: «ahí está mi papá, me voy a internet». Ella relataba entre azorada y molesta por la desaprensión del chico.)
Necochea, 11 de enero
Hoy hubo un intento de integración demasiado tardío por parte de la organización del festival: unas hamburguesas completas con cerveza Palermo en el Campamento Base, entre coníferas-asienta-médanos. Fue algo insípido -anodino cuaja más- sumidos todos en un ambiente de colonia de vacaciones, tratados como niños -de vacaciones-, a quienes se los junta «así se conocen y se hacen amigos».
Por la tarde, se realizó la ceremonia de cierre en el anfiteatro del Parque Lillo. Con Intendente. A cada grupo le dieron un certificado de participación y un azulejo de baño con el escudo del municipio (suponemos que para colgar en el living). Hubo un coro y una puesta de la ya definitivamente vieja obra Los de la mesa 10, de Dragún (la historia de María y José, la chica bien que estudia y el chico humilde que trabaja), realizada por un grupo de actores “con capacidades diferentes”… //
Sale el micro. Mucha gente saluda y se agita ahí afuera. //
Recién pasamos sobre el río Quequén. La luna baja, cortada y verdosa. Advierto que no conocí el río. Fueron varios días de trabajo no pago. Ni siquiera los pasajes para llegar hasta acá (y luego huir). Encima parecíamos empleados municipales. De hecho, lo fuimos. Pero todo sea por “la experiencia”. El intercambio fue éste: la Municipalidad de Necochea entretiene a sus turistas (y a sus niños turistas) -sin descontar con esto el valor “cultural inmaterial” del evento, claro-, y los entretenedores pagamos por hacer ese trabajo. ¿Y qué valor recibimos a cambio? Supongo que la experiencia de haber tenido de 200 a 400 personas por función delante. Desde cierto punto de vista, si consideramos la confrontación con el público como un ítem más en la formación del actor, este viaje vino a ser una especie de residencia paga. Sólo en ese sentido, satisfactoria; pero también, en ése y en todos los sentidos posibles, hipócrita.//
De nuestro grupo, una se fue a Mendoza a las 15, otro se volvió ayer a Buenos Aires a las 23:40. Otros dos se fueron hoy a Tandil a las 19. Yo salí (estoy saliendo) hacia Buenos Aires, a las 23:40. Y la última se va mañana a las 12, a Mar del Sur. Cada uno huye hacia donde puede. Necochea no da para más. Esta costa atlántica no da para más, es el pasado absoluto.